Comunidad

Pensar la guerra

En contextos de guerra, la intuición y la razón no desaparecen, se reorganizan. 

La razón se pone al servicio de la justificación de las cifras y de las estrategias. Todo parece ordenado, explicable, necesario. 

Pero debajo de esa arquitectura racional hay otra cosa, una intuición que ya decidió que el otro no merece vivir, que es prescindible.

¿En qué momento ocurre ese desplazamiento?

No hay un instante claro. Hay acumulación. Hay historias repetidas hasta volverse parte del paisaje. 

Y cuando la comunidad internacional empieza a hablar el mismo lenguaje, la violencia deja de parecer una ruptura y se vuelve una consecuencia lógica.

La guerra, en ese sentido, no solo destruye cuerpos. Desordena la idea de lo que vale la pena cuidar.

En medio de este desorden, hay quienes sostienen otra forma de estar. No son héroes visibles ni figuras grandilocuentes. 

Son personas que, incluso cuando no entienden del todo lo que ocurre, deciden no traicionar la experiencia básica del cuidado. 

No tienen todas las respuestas. Pero actúan como si la vida del otro siguiera teniendo valor. ¿Es eso ingenuidad o lucidez?

La historia reciente suele ridiculizar esa postura. La llama débil, emocional, poco estratégica. 

Sin embargo, es precisamente esa forma de intuición —la que no se apoya en datos seguros sino en la responsabilidad— la que impide que sólo exista el sentido de la guerra.

El problema no es que la guerra sea irracional. Es que logra que la razón trabaje para justificar lo que la intuición ya dejó de cuestionar.

Por eso, pensar la guerra no es solo analizar sus causas geopolíticas o económicas. 

Es preguntarnos por las decisiones que la hacen posible, ¿cuándo dejamos de escuchar?, ¿cuándo empezamos a repetir?, ¿cuándo preferimos la seguridad de una narrativa antes que la incomodidad de una pregunta?

La respuesta no se juega en el campo de batalla. Se juega antes, en ese espacio donde todavía es posible dudar. 

Porque si la guerra tiene un ruido que la anuncia, también lo tiene la paz.

Es más frágil, menos contagioso, menos espectacular. No organiza multitudes ni promete victorias. 

Pero insiste en algo que, en tiempos de guerra, parece casi subversivo, que cuidar la vida, incluso sin garantías, sigue siendo una forma de inteligencia.

Tal vez la pregunta no es cómo evitar la próxima guerra, sino algo más incómodo, ¿en qué momento empezamos a justificar lo que, en otro tiempo, habríamos decidido cuidar?


IG: @davidperezglobal

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david pérez
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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