Durante años, el Partido Acción Nacional (PAN), creyó que se podía gobernar desde la sobremesa de los restaurantes de Masaryk, entre copas de selectos vinos y diagnósticos desconectados de la calle.
Entre Vega Sicilia y reservas de Gran Cabernet, pensaron —con una mezcla de ingenuidad y soberbia— que el país cabía en Polanco. Y no.
México ya no se decide en manteles blancos de algodón egipcio, se define en banquetas rotas, en mercados, en los barrios y parques, en el transporte público, en la fatiga cotidiana de quien sí vive la realidad.
Es la vida cotidiana que retrató con magia televisiva la periodista Cristina Pacheco en: “Aquí nos tocó vivir” o, la singular crónica de Carlos Monsivas que nos recordó que la política-política se vive en la calle.
Hoy, tarde pero inevitablemente los panistas parecen haber descubierto lo obvio: que la política no es un club social, sino una responsabilidad moral con el pueblo.
El problema no es que hayan despertado.
El problema es desde dónde despiertan a pesar de los odios y fobias a la 4T en la cual, se están inspirando. Para algunos estoy seguro está siendo una pesadilla…
Porque ese tránsito —de la oligarquía a las encuestas— no necesariamente implica una conversión ética, sino apenas un ajuste táctico. Pasaron de ignorar al pueblo a medirlo.
De despreciarlo a cuantificarlo. De invisibilizarlo a convertirlo en dato.
En Morena, las encuestas han operado —al menos en su narrativa y en varios de sus procesos internos— no como un simple termómetro de popularidad, sino como un instrumento de validación política: no se trata únicamente de quién es más conocido, sino de quién encarna mejor un proyecto, una narrativa y una congruencia con los postulados cuatrotetistas.
Y como bien ha señalado Luisa María Alcalde, presidenta de MORENA, después de décadas de criticar prácticas que consideraban ajenas, hoy el PAN gira hacia el uso de encuestas con miras al 2027.
La paradoja no es menor: terminan adoptando aquello que durante años descalificaron.
Las alianzas con el PRI, por ejemplo, no solo fueron estratégicamente torpes, sino simbólicamente devastadoras. Mezclar agua y aceite no produjo cohesión, sino falta de identidad y un hambre desmedida por acceder al poder no para servir sino para robar, traficar y hacer negocios al amparo del poder.
El PRI, por su parte, terminó de consumarse en su propia caricatura: una suerte de monarquía decadente, aferrada al poder como si fuera herencia familiar.
Y mientras eso ocurre, Morena —con todos sus claroscuros— ha logrado fijar la vara democrática. No pueden pasar aquellos que tengan señalamientos de corrupción, traición y vínculos con grupos delictivos.
Y cuando la política se separa de la ética, degenera. Cuando el poder se desvincula del bien común, se convierte en un animal depredador contrario al animal político del que su virtud máxima debe estar, en el servicio y en el bien común.
Las encuestas sin duda son una herramienta fundamental, pero no el instrumento vinculatorio cuando atrás de ellas, hay un mercado de intereses, complicidades y corrupción que hábilmente presionan y suben y bajan aspirantes como si de controlar volumen se tratara.
En Morena las encuestas son importantes, pero no la panacea.
En el PAN serán el principio de no elegir desde los restaurantes de Polanco o que los empresarios panistas, como en Baja California Sur impongan a sus candidatos.
Las encuestas, sin duda, son una herramienta fundamental. Pero no son —ni deben ser— el instrumento vinculante absoluto. Su valor radica en su uso, no en su existencia.
Cuando se convierten en reflejo de un proyecto y no en rehén de intereses, aportan legitimidad; cuando son capturadas por mercados de poder, se degradan en simple mecanismo de simulación.
En Morena se ha tenido un sentido político relevante, aunque no exento de tensiones.
En el PAN, al menos, podrían representar el inicio de abandonar las decisiones tomadas desde los restaurantes de Polanco porque hoy más que nunca, para gobernar: el pueblo pone y el pueblo quita, aunque el silogismo a muchos políticos les retuerza.