Parece que fue ayer. En noviembre de 1989 cae el muro de Berlín y en muy poco tiempo (diciembre de 1991) se derrumba la Unión Soviética, dando fin a medio siglo de una Guerra Fría en la que Estados Unidos y la Unión Soviética controlaron al mundo, al dividirlo entre capitalistas y comunistas.
En 1992, Francis Fukuyama proclama “el fin de la historia” en un libro que nos ofrece un espejismo. “No es así”, le replica Samuel Huntington, quien anuncia un próximo “Choque de Civilizaciones” en el que la lucha entre religiones y culturas determinarían la reconfiguración del nuevo orden mundial.
Poco después, con la llegada del nuevo milenio, Osama Bin Laden interrumpe las celebraciones de quienes proclaman las bondades de un mundo unipolar. Al infame 9-11, siguen dos guerras absurdas (en Irak y Afganistán) en las que los ganadores son la industria del miedo y el negocio petrolero.
Quién lo hubiera previsto. Ni el terrorismo internacional, ni el extremismo islámico fueron factores decisivos en la definición de la gran encrucijada en la que hoy se encuentra el planeta, sino el inquilino de la Casa Blanca, la industria energética, más una extraña coalición de hiper magnates asociados con las nuevas tecnologías y una obscura alianza entre grupos cristianos radícales, fanáticos del culto a las armas, supremacistas blancos y libertarios de derecha.
Por supuesto que hay más factores que considerar –el regreso de China a la cúpula global, los extremos de voracidad e inequidad del capitalismo salvaje, la corrupción a gran escala y hasta los delirios imperiales del señor Putin--, pero para entender los intentos de dominación mundial de Donald Trump resulta útil retomar el viejo concepto de choque de civilizaciones, el mismo que ya alguna vez había servido a Albert Camus para explicar las miserias de su tiempo.
Dice mucho el hecho que sea un empresario inmobiliario y estrella de la farándula quien busca imponerle al resto del mundo –incluida la propia sociedad estadounidense--, un nuevo orden mundial; uno todavía más autoritario y oligárquico que el anterior.
Vaya personaje, primero le declara la guerra comercial al resto del planeta, descabeza los gobiernos de Venezuela e Irán, insulta a su propia Suprema Corte y, ya en esas, se va en contra el Partido Demócrata, el cual representa a la mitad de todos los ciudadanos de su propio país.
Quién lo hubiera pensado. El cambió no llegó desde esas hordas de desarrapados y muertos de hambre que intentarían destruir un orden de prosperidad, libertades y valores democráticos que formaban parte de la narrativa que Estados Unidos nos vendió durante la mayor parte del siglo pasado.
No, el Choque tampoco se refiere a la tan cacareada “Guerra de Clases” que me enseñaron en la escuela hace casi medio siglo. Lo que hoy vivimos es la irrupción de un sistema global todavía más rapaz, injusto y descarado que el maldito neoliberalismo de las décadas anteriores. En el universo de Mr. T. y el niño Musk lo único que importa es la satisfacción de sus egos personales.
Veo el mapa que el propio Trump presenta desde el Salón Oval en el que pinta la bandera de su país sobre todo el territorio que se anexó durante el siglo XIX, más Canadá, más Venezuela y más Groenlandia y quiero pensar que se trata de una broma. Mala, pero al final un desplante retórico con el que intenta mantener el hechizo que le permitió conseguir el voto de la mitad más grande de la votación en 2016 y 2024. Pero no, ya entiendo que va totalmente en serio. Y, con particular saña, ahora va contra Cuba, aunque para ello tenga que convertirse en “amigo” del aparato político castrista.
El barbarismo no llega de las montañas de Afganistán, la sierra sinaloense o las favelas de Río, sino de las ejecuciones cometidas por el ICE, la lluvia de misiles sobre Terán y Gaza; el retroceso en derechos y valores morales básico no vendrá del Talibán, sino del actual inquilino de la Casa Blanca y sus reverendos de la tele y “las plataformas”; las mentiras y la ignorancia, esas sí nos llegan desde todos lados.