Quizás el mejor consejo estratégico en el ajedrez es la conveniencia de “ganar el centro” del tablero. Las grandes aperturas tienen como objetivo obtener el control de esas cuatro casillas a la mitad de ese campo de batalla de 8x8 espacios. Pues para entender la nueva realidad en la relación entre Estados Unidos y América Latino, algo así podríamos decir de la importancia del Ecuador, esa pequeña nación sudamericana.
Por supuesto que no es suficiente la referencia de su ubicación geográfica sobre la línea misma que parte el planeta en dos hemisferios, de la cual viene su propio nombre. La idea es más sencilla. Se trata, digámoslo así, de averiguar dónde quedo el espíritu latinoamericano. ¿Somos todavía una región progresista? ¿Es neta lo del Mas si osare un extraño enemigo…? ¿Realmente “El Pueblo” se levantará en armas para defender a un presunto narco gobernador?
Muy probablemente el texto debería comenzar a finales del siglo XIX y en La Habana, cuando el movimiento independentista cubano se alió, de facto, con el apetito expansionista de Estados Unidos que, en mayo de 1898, le declaró la guerra a España.
Atrapados en sus propias contradicciones –supremacismo blanco y voracidad capitalista extrema, por ejemplo--, el imperialismo yanqui ha considerado América Latina como su patio trasero.
En parte por eso, las más de 30 intervenciones militares de Estados Unidos ocurridas en América Latina hasta poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Después de todo, tanto la propia Doctrina Monroe como la americanización del resto del mundo, confinaban a la región a ser un enorme mercado cautivo para las exportaciones estadounidenses. Por mucho tiempo Estados Unidos fue un gran referente de modernidad y prosperidad.
Hasta que “en eso llegó Fidel” (1959). Inspirados en José Martí, Simón Bolívar, Benito Juárez, incluso Porfirio Díaz y hasta Pancho Villa y casi de manera proporcional inversa al despotismo y corrupción de sus gobiernos nacionales, amplios segmentos de las juventudes latinoamericanas fueron desarrollando poderosos sentimientos anti imperialistas. Como en la Cuba de Fidel Castro, feroces nacionalismos se convirtieron en buenas banderas políticas.
En algunos casos acompañado de los vientos democráticos, en América Latina germinaron por cerca de medio siglo diversas visiones ideológicas de centro y de izquierda que tenían como eje el rechazo al odioso “Tío Sam”.
Aquí es donde entra la República del Ecuador. Con menos de 20 millones de habitantes, un territorio 8 veces menor que el de México y una economía cerca de 10 veces más pequeña, este país andino es uno de los escenario donde en los últimos años se ha vivido uno de los giros más radicales hacia la derecha.
De cara al Océano Pacífico y con fronteras con Colombia y Perú, en el plano geopolítico Ecuador se encuentra a la mitad del continente; al centro del tablero.
Luego de una década de un gobierno “de izquierda” (Rafael Correa) incapaz de ofrecer resultados en prácticamente ningún tema, Ecuador es un país en el que su mayoría étnica (indígenas y mestizos) tienen como presidente a Daniel Noboa, un personaje de piel blanca, millonario, nacido y educado en Miami y que desde noviembre de 2023 llegó al poder con una muy clara prioridad: complacer a Donald Trump.
Primero con una cruzada contra “las pandillas” al estilo Nayib Bukele en El Salvador. Luego alentando la realización de operaciones militares de Fuerzas Especiales estadounidenses dentro de su país, supuestamente para combatir narcoterroristas “mexicanos”.
Sin duda los casos emblemáticos son: el relámpago bélico que capturó a Nicolás Maduro en Venezuela y dejó prácticamente intacto el régimen chavista y, sobre todo, el claro colapso de Cuba –probablemente con la complicidad del propio régimen castrismo.
Sin embargo casos como el de Ecuador perfilan con todavía mayor claridad el viraje ideológico hacia la derecha de buena parte de las sociedades latinoamericanas.
Aunque todo podría cambiar:
Habrá que esperar un poco más para conocer si el gobierno mexicano podrá resucitar el “nacionalismo revolucionario” que a fuerza de machincuepas le sirvió al viejo régimen para construir una economía absolutamente dependiente del gigante del norte pero que se permitía algunos gestos progresistas, o si Morena levantará barricadas de “pueblo bueno” para proteger a los suyos. Impresentables, pero muy suyos.
Nos falta también conocer el desenlace de la mediación de Lula ante Donald Trump en el tema cubano.
Vaya disyuntiva. Por un lado el populismo chavista controlado desde Washington, el bufón argentino, quizás un nuevo Bolsonaro en Brasil o el clan bananero de Noboa (su familia es dueña de la marca (“Banana Bonita”). Por el otro tenemos la podredumbre del sandinismo en Nicaragua, o quizás el regreso del señor de Macuspana en México.
Falta mucho para noviembre y un hipotético colapso electoral de Trump. “Ganar tiempo” y apostar que eso ocurra pareciera hoy, un riesgo mayor.