La filmación del nuevo video de U2, “Street of Dreams”, que tuvo lugar en la Plaza de Santo Domingo en semanas recientes, confirmó una certeza que la industria audiovisual internacional lleva décadas capitalizando: Ciudad de México posee una identidad visual global e insustituible. Esta presencia en el primer cuadro no fue un accidente geográfico, sino la confirmación de que el Centro Histórico es un palimpsesto urbano en permanente transformación donde conviven vestigios mexicas, arquitectura virreinal, barroco, neoclásico y modernidad.
Producciones como Spectre o Man on Fire lo entendieron antes: el Centro no parece una ciudad con historia; es la historia misma en sus muros, plazas y en la gente que la habita. La Plaza de Santo Domingo, que fue el vértice de la locación, sintetiza este magnetismo. La proporción de sus espacios, el tezontle, la cantera, sus imprentas y el flujo continuo de personas generan una atmósfera viva que escapa a la simple categorización como patrimonio “museificado”.
Dramatismo espacial y contradicción urbana
El atractivo visual de la zona no radica solo en su antigüedad. Su arquitectura novohispana genera contrastes y profundidad, pero su verdadero dramatismo emerge de la tensión social: ambulantes, turistas, estudiantes y manifestantes comparten el espacio sin ser simples decorados. Esta coexistencia de riqueza patrimonial, deterioro, monumentalidad y precariedad, produce imágenes profundamente humanas. Para la industria audiovisual, esta complejidad es mucho más atractiva que cualquier escenario sofisticado y homogéneo. El Centro Histórico transmite, en una sola toma, lo que otras ciudades necesitan varios escenarios para aproximar.
La elección de un autobús intervenido como escenario no fue un detalle menor. El trabajo del artista Chavis Mármol sobre esa unidad de transporte público puede leerse como un gesto de arte urbano que no espera al espectador en una galería, sino que recorre la ciudad y, en medio del tráfico, llega a los barrios. En una metrópoli con una de las mayores densidades museísticas del mundo, que el arte tome el transporte colectivo —territorio democrático donde coinciden distintas clases sociales— resulta significativo. Colocar a Bono y compañía sobre esta infraestructura reivindica estéticamente el entorno cotidiano latino, un espacio que la narrativa global suele reducir a su mera función utilitaria.
Disputa urbana: entre patrimonio y gentrificación
Las políticas urbanas recientes —peatonalización, rehabilitación patrimonial y recuperación del espacio público— han consolidado la proyección internacional del espacio. Sin embargo, esta revalorización visual abre debates legítimos sobre turistificación, gentrificación y desplazamiento social. Lejos de ser un entorno pacífico, el primer cuadro es una zona de disputa donde conviven intereses contradictorios. Esta tensión no debilita al territorio, lo complejiza: a diferencia de las zonas corporativas, el Centro mantiene una estructura compacta y profundamente pública donde la calle sigue siendo escenario de comercio, protesta y encuentro, consolidándose como el corazón simbólico y emocional de la ciudad.
Ante esto, surge una pregunta incómoda: ¿basta con grabar un video de unos días para comprender la complejidad de habitarlo? El Centro Histórico no es un escenario disponible para la narrativa de otros ni un patrimonio detenido en el tiempo. Su relevancia radica en que es memoria viva y presente cotidiano; una ciudad históricamente acumulada que no ha terminado de suceder.
Esa es, quizás, su cualidad más extraordinaria: el Centro Histórico no tiene forma de archivo. Tiene forma de ciudad.