El cubrebocas es un objeto que ha salvado millones de vidas. Hoy es motivo de conversaciones y debates, y también de disputas en la política. Los cuatro países que más han sufrido por la pandemia (Estados Unidos, Brasil, México e Inglaterra) son gobernados por jefes de Estado que han negado la utilidad del cubrebocas: Trump, Bolsonaro, López Obrador y Boris Johnson. Todos ellos tienen una cosa en común: su desprecio por la ciencia. Los tres primeros ven en el uso del cubrebocas un símbolo de claudicación. Frente a la catástrofe, algunos (Trump) han cambiado de opinión, dicen ahora que usarla es patriótico; otros (López Obrador) insisten todavía en que no hay evidencia científica de que sirva para nada. Si 95 por ciento de la población usara cubrebocas, 30 por ciento de las muertes serían evitadas, afirma la Universidad de Washington. Ignoro los criterios que norman esta proyección, pero es claro que el cubrebocas es importante para salvar vidas.
¿Cuál es la historia de este objeto?
Uno de los primeros cubrebocas usados en Occidente es el llamado pico de pájaro, inventado durante la peste bubónica del siglo XIV en Europa. Los grabados de esa época nos dan una idea de esas máscaras, siniestras en apariencia, que los médicos usaban para atender a los enfermos. Ellas prolongaban la cara, pues estaban diseñadas para tener un hueco frente a la nariz, donde quienes las usaban ponían yerbas de olor para protegerse del aire viciado de los órganos en descomposición. Los médicos pensaban, equivocadamente, que al proteger sus cuerpos del olor, los protegían también del contagio.
Pasaron cientos de años. En el siglo XIX, a partir de los hallazgos de Louis Pasteur, la ciencia pudo identificar a los microbios, comenzó a entender los mecanismos de infección. A partir de ese conocimiento, los médicos empezaron a utilizar mascarillas con el objeto de proteger a sus pacientes durante las intervenciones. Al doblar el siglo XX, el cubrebocas era ya común en las salas de operación, pero aún no en las calles. Entonces surgió una epidemia en el puerto de Hong Kong, bautizada con el nombre de peste de China, que en 1910 llegó a Manchuria. Su tasa de mortalidad era cercana a 100 por ciento: las personas infectadas morían entre 24 y 48 horas después de sufrir los primeros síntomas. Había el temor de que pudiera llegar por los ferrocarriles a Beijing, por los barcos de vapor al resto de Asia. Llegó por esos días a Manchuria un joven doctor llamado Wu Lien Teh, nacido en Malasia y educado en Cambridge, quien, tras una autopsia a una mujer muerta por la plaga, descubrió que la enfermedad no era transmitida por las pulgas, como era creído, sino por el aire. Su descubrimiento parecía inverosímil. Y no era fácil convencer a la población a aceptar un cambio basado en un hallazgo científico. Pero las autoridades, convencidas, prescribieron el uso del cubrebocas entre la población. “Todo el mundo la llevaba en la calle, de diferentes formas”, escribe en su autobiografía Wu Lien Teh, quien tomó como modelo las mascarillas usadas por los médicos en las operaciones, que mejoró con más capas de algodón a modo de filtro. Uno de los cubrebocas más utilizados hoy en día, conocido como N95, inventado por Peter Tsai, un científico de Taiwán, tiene su origen en las mascarillas de Manchuria.
Investigador de la UNAM (Cialc)
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