El arranque anticipado de las campañas para elegir candidatos para las dos coaliciones que se disputarán la Presidencia de México el año que viene y la simulación que las acompaña para no ser consideradas ilegales, tiene en sus reglas, detalles más, detalles menos, la ausencia de un debate sobre las propuestas de cada uno de los aspirantes.
Dentro de Morena el problema, por supuesto, es que todos tratan de agradar al líder que es, en última instancia, el gran elector. Un gesto del Presidente siempre ayuda en cualquier “encuesta”. En ese bando las cosas cambiarán poco. Hay ahora un comité que está escribiendo el programa de gobierno para quien resulte ganador y a ese habrá de sujetarse —al menos en campaña— quien por ahí compita.
En ningún otro rubro esto tiene peores consecuencias que en seguridad y violencia.
Ya parece absurdo y repetitivo enumerar las tragedias semanales que revelan el descontrol, o más bien el control, que en muchas zonas del país tiene el crimen organizado. La normalización de estos eventos hace que el discurso de Palacio Nacional de que las cosas van muy bien —más allá de los hechos— se imponga en la percepción de quienes, por vivir en zonas medianamente tranquilas, no viven con miedo.
El problema es que, como sabemos, cada año electoral es siempre más violento. Más lo será el próximo por la enorme cantidad de puestos y responsabilidades locales. Empoderados como están, los grupos criminales irán por más.
El próximo año terminará el tercer sexenio consecutivo con el país sumergido en la violencia y la criminalidad. Ya está claro que lo que se ha hecho en estos dieciocho años: militares a cargo —legal o ilegalmente— fiscalías autónomas, mayor o menor poder a policías locales, balazos o abrazos, no ha funcionado.
El país, y me refiero a gobierno federal, partidos, gobiernos estatales y municipales, ciudadanos, organizaciones empresariales, tendrían que estar dispuestos a sentarse a dialogar y encontrar un plan que, con base en lo vivido estos tres sexenios, construya una nueva estrategia para pacificar el país y reducir la criminalidad.
La manera en que hoy se está construyendo la narrativa de campaña, un lado diciendo que lo han hecho bien y el otro diciendo que lo han hecho muy mal sin reconocer los errores del pasado, hace que esto parezca imposible.
Pero será ese el primer y más grave reto del próximo gobierno, sea quien sea que lo encabece.