Cultura

Las pequeñas cosas

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Pocos asuntos son tan enigmáticos como la mente humana. Incluso para los sabihondos que se jactan de quemarse las pestañas leyendo sobre eso. El tema me ha tomado por sorpresa y me ha hecho reparar en una de las tantas peculiaridades del cerebro, la de hacerse presente por la vía de los recuerdos.

Sin avisar me llegó una imagen de cuando tenía unos 11 años e iba trepado en un camión de pasajeros que ya había sucumbido a la tentación de esa fauna urbana proclive a la destrucción, a la que le daba por pintarrajear todo cuanto estuviera a su alcance.

Regularmente ocurría que en la lámina posterior de los asientos se podían leer algunas frases que lo mismo ilustraban el carácter creativo del autor, que servían para marcar una especie de territorio. La imagen en cuestión tenía un texto que aparecía con frecuencia en los “democráticos” del valle de Toluca, y decía, con una retorcida caligrafía: “¡Jacrofoesiel… ¡De nuevo Coors!”.

Asumo que la última palabra implicaba el apelativo del malandro que iba, plumón en mano, ejerciendo un sentido de pertenencia. Y recuerdo preguntarme ya en aquellos años sobre la identidad del espécimen que dedicaba sus ratos de ocio (quizá muchos) a hacer ese tipo de actos vandálicos.

¿Qué características tendría?, ¿cuál sería su fisonomía?, ¿cómo vestiría?, ¿a qué se dedicaría?, si era en realidad un vago o solo un tipo con ganas de quedarse en la memoria visual de los pasajeros. Los años han pasado y por razones misteriosas me he acordado de ello. Y eso me ha llevado a pensar en la cantidad de cosas que se escriben en el paisaje urbano y en la infinita posibilidad de lecturas que pueden hacerse.

Un nombre de mujer, que de pronto se aparece en el camino hacia algún sitio, en una barda o en un poste: Eugenia, Petronila, María Luisa o la madre que la parió. Si se piensa, eso resulta mucho más estimulante para la imaginación que aquellas sandeces que pueblan algunos baños de uso público.

¿Cuál sería el rostro de la fémina en cuestión?, ¿qué costumbres tendría y qué habría hecho para mantener enajenada la voluntad del incauto que no consigue sacársela de la cabeza? ¿Alguna vez se habrá leído en la vía pública? ¿Sabrá que se trata de ella y no de otra María Luisa? Vaya misterios producto de la materia gris.

Benedetti escribía: “el olvido está tan lleno de memoria / que a veces no caben las remembranzas / y hay que tirar rencores por la borda”. Los recuerdos son caprichosos y creyéndolos aventados por ahí, aparecen como si nada. Como las pequeñas cosas de Serrat, encapsuladas en un papel, en un cajón. En una pared o en el asiento de un autobús.


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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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