Para mi padre, siempre.
Uno podría fácilmente definir a las personas a partir de la música que escuchan. Pero sobre todo a la luz de aquella que han consumido a lo largo de su vida. Esa suerte de cartografía melómana permite indagar en los aspectos históricos del público, comprender sus inclinaciones y saber de qué pie ha cojeado.
Como si se tratara de sitios donde se ha vivido, los barrios musicales determinan la forma en que se crece, cómo se piensa y qué se hace en consecuencia. Recuerdo que de adolescente una infección de pop me arrastró a reproducir hasta el hartazgo a New Kids On The Block.
Antes de ello, y ya entrada la preparatoria, fue el rock en español el culpable de los deslices sonoros. Sobre todo la apuesta de Hombres G reinó buena parte de la edad de la punzada, cosa que me llevó a recrearme con el documental de Netflix, Los mejores años de nuestra vida, y a revivir ese tiempo de la mano del cuarteto.
Habiendo dejado los años juveniles, fue Andrés Calamaro el receptáculo del delirio que culminó en una aventura hasta tierras poblanas para verle en directo. Así como la adquisición de una incunable caja de discos que condensa tan solo una parte de su producción.
The Doors me trajo ocupado con sus odas psicodélicas con mucha mayor intensidad, pero durante menos tiempo. Y Leonard Cohen se convirtió por años en el parteaguas de un culto donde pocos, pero sectarios, encuentran en su lírica razones para creer que no todo está perdido (aunque lo esté).
Y con Eagles, Robbie Williams, Bob Dylan y otros tantos sospechosos comunes pasó lo mismo. Periodos en los que la aproximación a la voz inglesa hizo mella. Tanto como Joaquín Sabina durante un cuarto de siglo y los Pereza en el final de su carrera, en la lengua cervantina.
¿Qué determina la presencia de un artista y no otro en el imaginario personalísimo, y por ende el efecto de su influencia? Una de las frases más memorables que usó Mario Benedetti (quizá el mejor de los epigrafistas) es producto de la pluma del escritor austriaco Peter Handke: “Feliz aquel que tiene sus lugares de duración”.
Con independencia de los gustos y anticipando la idea sobre la valía o no de cualquier expresión o género, pues, como se sabe, la mejor música es la que a uno le gusta y la que funciona en determinado momento, según César Muñoz, del canal youtubesco La cata musical, los lugares de duración determinan en verdad.
En esta lógica, vaya peso que representa la elección del sonido. Y menuda responsabilidad del oyente, pues depende de éste el destino que habrán de tener las canciones que oiga. Si la razón asiste a Handke, además de una obligación moral para con el arte, hay felices y entrañables circunstancias que celebran la comunión.