En alguna ocasión escuché decir a alguien que uno que uno de sus superpoderes mutantes consistía en ser capaz de comer y no alcanzar la saciedad. El ser en cuestión agregaba que solo detenía su ingesta cuando se había percatado, por el resto de los comensales, que ya había sido demasiado.
Ante semejante confesión no pude menos que declararme abrumado con tales dimensiones del apetito. Y eso que para la papeada me pinto como pocos. Desde luego, trato de que mi sentido más irracional sea dominado por una suerte de sentido común y que la ingesta, incluso la más desproporcionada, se traduzca en algo placentero.
Pero, además, que pueda dignificar algunos criterios que hacen disfrutable la gastronomía. Hablo de sabor, textura, aroma, de la suma de los ingredientes y de su aporte individual. De la técnica culinaria, el emplatado, el entorno, la compañía y mucho de eso que de pronto pasa por alto cuando de entrarle al pipirín se trata.
Los oasis en los que la alimentación se transmuta en gula representan el santo grial para papeadores de hueso colorado, como el espécimen en cuestión. En mi carácter de comelón consumado, si de algo puedo presumir es haber visitado un gran puñado de esos recintos, pues dadas las circunstancias, sería una absoluto desperdicio no aprovecharlos.
La vida en torno al bufet se traduce para el comensal en algo prometedor, por más que para la empresa sea, antes que cualquier otra cosa, un negocio. Y como se sabe la casa no suele perder, excepto con personajes de afilado colmillo cuyo reducido número hace rentable un paraíso así.
¿Qué lleva a un comensal a asomarse a estos sitios, sabiendo que lo que ingerirá no es equiparable al costo que implica? Dicen los enterados que la variedad de opciones, pero también el hecho de asumir que en una de esas se atascarán de alimentos que en otras circunstancias no ingerirían.
¿Qué hace atractiva la idea de este giro para un emprendedor? Desde luego, la certeza de que el gran público no es ni por mucho el que podría llevarlos a la quiebra, sin mencionar la existencia de insumos cuya calidad y precio hacen costeable y atractiva la experiencia.
El problema reside en el desconocimiento de la naturaleza de un concepto así. Y el riesgo de acabar repleto de harinas, azúcares y sal, sin contar la tremenda sed que pudiera generarse y el consecuente consumo de bebidas, que como se sabe es de donde sale la ganancia.
¿Vale la pena pagar el precio? Solo si los alimentos son de calidad y la preparación es acorde a ellos. No, si la idea es llenar la piñata de fruta por el mero hecho de hacerlo. Eso sin contar que en la variedad está el gusto y en el apetito del tragaldabas el riesgo de un pasón de esos que hacen historia.