Siempre me ha parecido que los habitantes de la Ciudad de México están, como en cualquier urbe atestada de raza del planeta, habituados a cualquier cosa. Hace unas semanas deambulaba por las calles del centro histérico capitalino y llegó el momento en que sentí desquiciar los sentidos por la marea urbana, cosa que supongo ocurre a quien no suele codearse con ese bonito paisaje encementado. A cualquiera menos a la chilangada que asume como normal la turbamulta que se deja ver por las calles. Y con ella cualquier clase de exceso, desatino y barbaridad. Ambulantes, merolicos, transeúntes, comercios de tres pesos y calles de dos con cincuenta. Y todo mundo acostumbrado al caos.
No deja de ser curioso cómo el efecto chilango se extiende como humedad por el país, desdibujando la otrora pinta virginal de lo que los conservadores (y Chabelo) daban en llamar “provincia” y los ignorantes “el-interior-del-país”.Pasa en la capirucha y también pasa en las demás ciudades, lo mejor y sobre todo lo peor.Camino por el primer cuadro de lo que se conocía como el “deefe” y entro a una tienda de ropa deportiva donde me sorprenden dos cosas, el nivel de descuentos para deshacerse de las existencias de 2019 y la cantidad de gente dispuesta a gastar su dinero sin tener la necesidad de hacer ejercicio con esas prendas. En un país con niveles enfermizos de obesidad llama la atención que el uso de textiles y calzado deportivo solamente responda a una moda.
Para estar a tono con los que no ejercitan más que el maxilar, hubo que hacerle caso al hambre. Y como al lugar al que se vaya hay hacer lo que se vea, un oasis típicamente chilango se impuso. “¡Tacos, tacos de canasta, tacos!”, diría la leidi emperatriz del tema, que va por las calles con su bici vendiendo su mantecoso ambigú. Pero esta vez nos recibe (a este fulano y a los autores de sus días) “Los especiales”, un local con enormes canastas de hojalata y decenas de parroquianos que sacan la puerca del mal año con suaccesible menú a base de chicharrón, adobo, papa y frijol. Y montañas de chiles curados, lechuga fileteada y guacamole.
Y como nunca es demasiado se antojan los churros de “El moro”, cuyo aroma se mezcla con los millones de olores que pululan alrededor. Eso y un chocolate dulce, denso y de temperatura petrolífera. Y sí, para esas alturas y hablando de tufos uno ya huele completamente a CDMX. Aunque sospecho que da igual donde se esté siempre que el contexto implique raza, calles céntricas, gritones que estorban mientras intentan vender hasta lo indecible y una barriga llena con panzón contento. Decía Mario Benedetti que cada ciudad podía ser otra y es cierto, sin embargo, el efecto chilango debería tener denominación de origen. Para bien y para mal.