Está en boca de la gente: nadie ha quedado omiso al filme El baile de los 41, de David Pablos. Que no responde a la historia fidedigna, que parecen postales más que un guion convencional, que la música o la escenografía, o las actuaciones; que si…
Lo cierto: el tema abre debate sobre sociedades donde la diversidad sexual no forma parte de los derechos humanos, cuando en 1901 era tabú y hombres con inclinaciones homosexuales se casaban para acallar leyes de Dios. ¡Aún sucede!
Lo cierto: un grupito de las siglas LGBT+ no asume la película como suya, cuando lo que deberíamos considerar es que por primera vez, aquellos jotos a quienes mandaron a barrer calles de la Ciudad de México, que los forzaron a trabajo de esclavos en Yucatán —y algunos murieron en condiciones lejos de sus derechos civiles—, son una mirada a esa sociedad homófoba —como la que vivió Oscar Wilde en Inglaterra. Como la actual.
Lo cierto: es relevante contar la versión de Amada Díaz, engañada por un varón que ocultaba su preferencia sexual, y nada importaban las condiciones de la mujer. Historia que igualmente vivió la esposa de Wilde y nadie se preocupó por mostrar ese rostro misógino. Las oprimidas en un reacio espíritu patriarcal donde los homosexuales se acomodaban. Hay ejemplos aún hoy...
Lo cierto: el estreno el año pasado en cines no mermó su distribución a nivel mundial, vía Netflix, y coloca la historia en el mismo nivel de intolerancia de principios del siglo XX en el planeta. (“Vámonos de México”, pide Ignacio a Evaristo. “¿A dónde?”, responde el enamorado. ¡No había dónde ir!).
Lo cierto: el filme abre la discusión pública porque: aunque se dio a conocer como historieta por José Guadalupe Posada, aunque Carlos Monsiváis la cronica en su libro Que se abra esa puerta, aunque en la literatura existe, la memoria vivía extraviada sobre los detalles que masacraron a quienes prefirieron existir, ser de otro modo.
Eso es lo valioso del filme y merecen reconocimientos, sin escatimarle calidad al director, los actores y actrices heterosexuales inmersos en un papel diferente… ¿Habrá que esperar la crítica internacional para darles el valor que tienen?
El cine igual es historia: un testimonio del tiempo.
Braulio Peralta