Crecí en un barrio de León, Guanajuato, donde la vida se hacía en la calle: sillas en la banqueta, manos limpiando frijoles mientras la conversación cruzaba de una casa a otra, risas que se escuchaban antes de ver a quien reía. Enfrente vivía Leonor, siempre alegre, en una casa impecable donde también ocurrían escenas extrañas, como esa plancha desconectada para ahorrar luz, aunque la ropa debía quedar perfecta.
Detrás estaba el taller de zapatos de mi papá. El golpe de los martillos, la radio, el olor a pegamento y la comida que mi mamá preparaba para los trabajadores formaban parte del mismo ritmo. En la calle también estaban la tienda de Doña Mago, donde fiar podía significar cenar, y la casa de Doña Berna, que curaba lo que podía con una jeringa y disposición.
Los domingos nos llevaban a Cañada de Sotos, donde las historias de mujeres pariendo en el cerro o criando familias enormes se contaban como si fueran parte natural del mundo. Durante años todo eso parecía solo la vida. Pero ahí ya estaban muchas de las desigualdades que después el Derecho intentaría nombrar.
Ese lenguaje llegó primero desde fuera: la CEDAW en 1979 y la Convención de Belém do Pará en 1994. Más tarde, en México, la Suprema Corte habló de juzgar con perspectiva de género y, con la reforma de 2011, se volvió obligación mirar los derechos humanos también desde el contexto. El expediente dejó de ser suficiente.
Y el contexto no es una palabra complicada: es la plancha de Leonor, la libreta de fiado, la comida en el taller, las manos que sostienen lo cotidiano. Durante mucho tiempo todo eso quedó fuera de la mirada jurídica.
En mi familia soy la segunda generación de profesionistas. Llegué hasta aquí por el esfuerzo de mis padres y oportunidades que antes no existían. Pero también está la historia de mi tía Rafaelita, que lavando y planchando ajeno logró dar casa a sus hijas. Sin diplomas, pero con una fuerza que también empujó el mundo.
Se habla mucho del “techo de cristal”, pero como advierte Ángela Davis, ese techo solo existe para quien ya logró entrar. Muchas mujeres ni siquiera están ahí: siguen sosteniendo el suelo.
Por eso, cuando hoy los tribunales hablan de contexto, en realidad apenas reconocen algo evidente: que ninguna vida empieza en el mismo lugar. Y si no se mira ese punto de partida, la justicia corre el riesgo de llegar tarde.