Sectores de la sociedad civil, vinculada al catolicismo conservador, desde hace años se viene articulando al amparo y apoyo no sólo de sectores de la jerarquía eclesiástica y órdenes religiosas, sino de empresarios y altos funcionarios públicos.
Está documentado cómo asociaciones civiles tipo Pro Vida gozaron del amparo discrecional de los fondos públicos. Aparentemente, el ascenso panista propició privilegios a las organizaciones conservadoras de corte asistencial, caritativo y filantropista.
Desde los últimos sexenios priistas y en particular desde los sismos de 1985, el gobierno federal concedió sumas y concesiones importantes de recursos a dichos grupos. Recordemos a Miguel de la Madrid, ante la incapacidad de su administración, favoreció al entonces llamado Centro Cívico de la Solidaridad encabezado por el empresario de ultraderecha católica, José Barroso Chávez, presidente vitalicio de la Cruz Roja.
Durante el gobierno de Salinas de Gortari se favoreció al brazo social y económico de la arquidiócesis de México dirigido por el jesuita José González Torres con una millonaria y ventajosa concesión de SWPs, instrumentado por el entonces secretario de Hacienda Pedro Aspe Armella.
Y por si fuera poco, vía los regentes capitalinos Camacho Solís y después Óscar Espinosa Villarreal, concedieron la reorganización del Monte de Piedad, que rindió cuantiosos recursos para proyectar a las Instituciones de Asistencia Privada (IAPs), que como se sabe son mayoritariamente católicas, de corte conservador.
Nos referimos inicialmente a organizaciones como el Yunque, Frente Nacional por la Familia (FNF), FRENA (Frente Nacional Anti-AMLO), Vértice MX, La Resistencia, la Unión Nacional de Padres de Familia, Muro, Desarrollo Humano Integral y Acción Ciudadana (DHIAC), la Asociación Nacional Cívica Femenina (Ancifem), Legionarios de Cristo, Caballeros de Malta y tantos otros.
En el fondo buscan instaurar un orden social cristiano. Los valores y la ética social son su campo de lucha preferidos. Pablo González Casanova, en su libro La democracia en México, alertaba con preocupación de la reactivación de estos grupos desde 1961, que además de exaltar campañas anticomunistas (“cristianismo sí, comunismo no”) manifestaban preocupación por lo que llamó “la profanación de las costumbres”.
Desde fines del siglo XIX, el conservadurismo abandona la obsesión del retorno colonial-medieval y se recrea la aspiración de construir una sociedad cuyos fundamentos sean regidos por los valores cristianos. En estos momentos no nos demos por sorprendidos, hay un profundo “humus”, oculto, del ultraconservadurismo católico en México. Ignorarlo sería el peor error político del México moderno.
Mi solidaridad con el pueblo venezolano.