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Lunes , 20.05.2019 / 21:56 Hoy

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Guadalupe Tonantzin

Bernardo Barranco

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“Quiero mucho y deseo vivamente que en este lugar de Tepeyac me levanten mi ermita. En ella mostraré y daré a las gentes todo mi amor, mi compasión, mi ayuda y mi defensa”.

Esta expresión es recogida en el relato del Nican Mopohua, escrito por Antonio Valeriano que describe las apariciones de Guadalupe a Juan Diego, ocurridas en diciembre de 1531.

El Nican Mopohua está contenido en un libro más amplio, el Huei tlamahuiçoltica o “El Gran Suceso” publicado en el año de 1649 y editado por Luis Lasso de la Vega.

El Nican Mopohua significa “Aquí se narra”. Es un libro poco leído pero ha marcado la cultura.

Fray Bernardino de Sahagún, misionero franciscano y precursor de la etnología mexicana, veía con sospecha cómo los originarios visitaban el santuario de Guadalupe en el Tepeyac cuando ahí mismo se había adorado a Tonantzin, “nuestra madre”.

Leamos un fragmento de sus dudas: “los indios vienen de muy lejos, tan lejos como de antes. Por ello, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin, como antiguamente”.

Hoy día el santuario de la virgen de Guadalupe es uno de los lugares de peregrinaje más importantes, después de Roma, en el catolicismo a nivel mundial. La imbricación Tonantzin Guadalupe es el sustrato del mestizaje mexicano. Independientemente de la religión que se profese, la virgen aparece como un referente de identidad porque el relato rebasa lo religioso.

Tonantzin Guadalupe es un factor que articula la diversidad y las contradicciones de nuestro mestizaje, es el sincretismo de culturas que hoy conforman nuestra identidad y nuestra memoria. Por ello, con todo respeto de los evangélicos, encontramos ateos, comunistas y hasta judíos guadalupanos.

Existe una relación histórica con la Guadalupana porque se ha hecho presente en grandes momentos de nuestra historia y ha estado en las grandes crisis mexicanas. Tonantzin Guadalupe consoló a los mexicas de las humillaciones de los conquistadores, en la Independencia su ícono acompañó a los insurgentes; en la Revolución Mexicana fue estandarte de los zapatistas. Es decir, ha estado presente en los momentos claves de lucha de la nación, de ahí, la fortaleza que tiene en nuestra cultura.

El culto guadalupano sigue en expansión, acompaña a los migrantes mexicanos con su manto materno.


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