Política

Cooperación, soberanía y el costo de negociar con el vecino

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El encuentro para revisar la agenda de seguridad entre México y Estados Unidos es, más allá del protocolo, un movimiento estratégico cuidadosamente calibrado: México busca proyectar que atiende sus problemas internos en sus propios términos mientras construye una relación funcional con su vecino más poderoso. Pero leerlo solo como una victoria de soberanía deja fuera la mitad del cuadro.

Ambos países enfrentan presiones reales. Estados Unidos, donde las muertes por sobredosis alcanzaron un máximo superior a 110 mil en 2023 y cayeron a cerca de 80 mil en 2024 —aunque siguen siendo la principal causa de muerte entre sus adultos menores de 45 años—, mantiene un interés constante en frenar el flujo de sustancias ilícitas. México, por su parte, enfrenta retos estructurales de seguridad pública, con tasas de homicidio que se han mantenido entre las más altas de la región, por encima de 20 por cada 100 mil habitantes en años recientes. La presión es mutua, pero también lo es la interdependencia.

En ese equilibrio, la cooperación funciona como herramienta y como escudo. México comparte información, coordina esfuerzos y fija agendas conjuntas, y al hacerlo delimita el terreno: reduce el espacio para intervenciones unilaterales o presiones más agresivas. Es una forma de marcar límites sin romper el diálogo.

La otra lectura

Esa misma lógica admite una interpretación contraria, y conviene no esquivarla. Cuando la cooperación ocurre bajo la sombra de amenazas arancelarias, de la retórica de militarizar la frontera o de la designación unilateral de cárteles como organizaciones terroristas, “cooperar en mis términos” puede deslizarse hacia “cooperar en términos fijados desde fuera”. Estar en la mesa reduce el riesgo de decisiones impuestas, pero no borra la asimetría: quien puede amenazar con gravar un comercio de 800 mil millones de dólares tiene más cartas. La soberanía preservada en el discurso no siempre es soberanía preservada en los hechos.

El factor Mundial

Esto cobra relevancia conforme se desarrolla 2026. Con la Copa del Mundo organizada por México, Estados Unidos y Canadá, la visibilidad internacional se multiplica: la FIFA proyecta audiencias de miles de millones. Es plausible —no comprobado— que estos encuentros bilaterales cumplan también una función de imagen: proyectar estabilidad en un momento donde la narrativa pesa tanto como los hechos. Pero eso es una inferencia sobre la intención, no un objetivo documentado, y conviene presentarlo como hipótesis.

Lo que sí es estructural es la interdependencia. Con una frontera compartida de más de 3,100 kilómetros y flujos comerciales que superan los 800 mil millones de dólares anuales, la desconexión no es una opción realista. La cooperación en seguridad es menos una concesión que una necesidad que debe gestionarse con precisión.

La conclusión útil no es que México domine el juego ni que se haya rendido. Es que, en un mundo interdependiente, la soberanía se defiende gestionando relaciones con inteligencia, y que la línea entre “cooperar en mis términos” y “ceder con elegancia” es delgada y se traza reunión por reunión. De qué lado cae el encuentro de este viernes lo dirán los resultados, no la coreografía. 


Nota:

La tasa de homicidios (por encima de 20 por 100 mil) y el monto del comercio bilateral (~800 mil millones USD) son aproximados; conviene confirmarlos con INEGI/SESNSP y la Oficina del Censo de EE.UU. antes de publicar. La cifra de sobredosis (2023-2024) está verificada con datos.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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