“Fue una reina que se comportó como una querida, una favorita”, afirma Marc Fumaroli en su libro “Mundus Muliebris”. Durante décadas la corte francesa había tenido “dos reinas”, la esposa del rey y las amantes que influían en las decisiones de estado, traficaban influencias y además, tenían tiempo de ser árbitros estéticos del régimen. La reina tenía una influencia abierta, pero mantenía los valores de prudencia y elegancia contenida.
Las amantes, en su urgencia de ser seductoras, capaces de entretener al rey y de ser el centro de atención de una corte plagada de distracciones, se imponían una disciplina de trabajo incesante y agotador. La cúspide de este canon del gobierno paralelo lo llevó Madame Pompadour que literalmente se jubiló para dejar el puesto a Madame Du Barry, las dos amantes de Luis XV. La estética estaba dictada, la Pompadour decidía cómo deberían ser las vajillas, impulsó la fabricación de porcelana fina en Francia, hizo cambios radicales en la decoración y estableció, el hasta ahora influyente, estilo Luis XV, tan deformado y mal adaptado, ella buscó que la comodidad fuera parte de la elegancia.
La Du Barry hizo algunos cambios, patrocinó a Voltaire en su salón, y la institución de la “conversación” se consolidó en Paris. Al llegar María Antonieta, una princesa austriaca educada con rigidez, bella e ignorante, todo cambió. No había querida, su esposo no la podía satisfacer a ella, menos a otras mujeres y a Luis XVI ni siquiera le interesaba aparentar mantener “amistades peligrosas”. Fue reina absoluta se comportó como la querida que juega a ser excéntrica y la esposa que públicamente cumple los compromisos de su rango.
Fashionista, ludópata, juerguista y de amores bipolares. Tenía ocupadísima a su corte, a la del rey y a los revolucionarios que la odiaban por misóginos, puritanos y racistas. La feminidad estaba en contra de los valores revolucionarios, era válido cortar cabezas pero un crimen comprar sombreros. La austeridad era patriótica, el lujo era traición. Depositaron en la joven reina todos los defectos de una clase que deseaban exterminar como una misión sagrada. Al llegar lo revolucionarios al poder demostraron la corrupción que fluía entre ellos. La audacia de María Antonieta fue hacer de su propia figura, su imagen y estilo de vida el parámetro del estilo del Estado, no de forma paralela y tolerada como las amantes de los reyes, lo hizo abiertamente, con la resolución de una heroína de su propia causa: ella misma.
La guillotina fue la consagración de su trayectoria. Los revolucionarios cortaron miles de cabezas para justificar la decapitación de la reina. La sola cabeza de María Antonieta valía la cabeza de todos los nobles. Ella era el régimen, la monarquía, sus sombreros, vestidos y fiestas eran un símbolo del lujo que marcó el destino de Francia. París es la capital del lujo porque una mujer murió para que fuera una institución. El lujo es la idiosincrasia cultural bendecida por la mártir del estilo.