Cultura

El exceso y las sobras

El contraste entre la fuerza del cuerpo, la determinación de la mirada, la posición de la roca en la mano para derribar la tiranía de Goliat, y la delicada posición de la pierna que dobla la rodilla. El David de Miguel Ángel es una obra absoluta, contenida en sí misma. Al finalizarla, Miguel Ángel afirmó que la escultura estaba dentro, únicamente le quitó lo que sobraba al inmenso bloque de mármol. El bloque estuvo abandonado meses, fue traído de las canteras de Carrara y trasladado por el Mediterráneo. El caparazón rígido que ocultaba el alma de David.

La Florencia renacentista venía de un periodo de fanatismo y violencia, odio hacia el arte y la belleza, el placer de vivir, de la voluptuosidad de convivir con la sabiduría de las grandes bibliotecas. Savonarola, el clérigo que condenaba esa grandeza como vanidad que pervertía el espíritu. En 1498 ardió en una antorcha humana, quemado vivo en la Piazza de la Signoria, por orden del Papa Alejandro VI. Fue el espectáculo de la ignorancia que arde entre las llamas de su necedad.

El arte regresó, la ciudad comisionó esculturas basadas en pasajes bíblicos. La historia de David es la justicia y el valor para vencer a la tiranía, la fuerza de una sola roca lanzada con el odio hacia la sumisión. Goliat cae vencido, el tirano recibe una pedrada en la frente, es decir, su razón colapsada. El tirano es nada, lo soporta la pasividad de la mayoría, basta una roca y el valor de un joven para acabar con un régimen.

Varios escultores iniciaron la tarea de crear a David de esa inmensa pieza de mármol. No lo lograron, abandonaron el bloque, herido, cuarteado, “es imposible, es demasiado grande” decían. No lo veían, no conseguían mirar dentro, retirar ese velo opaco, rígido que lo cubría. No lo imaginaron, no dimensionaron la proporción heróica, la armonía de la determinación, le tuvieron miedo a la materia, a su naturaleza. Miguel Ángel fue la última opción.

Él miró el bloque, lo acarició, caminó alrededor, calculó su peso, se quedó ahí, entrando con su mirada al corazón de la blanca pureza del mármol, y pudo ver a David, como un esclavo dentro de una prisión. Decidió liberarlo. Sólo bastaba sacarlo de ahí. Hizo los bocetos, que no alcanzan la belleza. Tomó sus herramientas y comenzó a retirar los pedazos, sabía en dónde estaba y cómo debería ser. Comenzó a reconocerlo en los fragmentos que iban cayendo. Dos años, conviviendo con ese cuerpo que iba naciendo lentamente, entre el sonido del metal contra la piedra, era la voz de David.

Quitar lo que sobra, lo que estorba y oculta, que distorsiona y entorpece. Es difícil, es un trabajo meticuloso, sistemático, consciente, que obliga a ver más allá de la superficie, a mirar dentro de uno mismo y de lo que estamos haciendo. Miguel Ángel, al contemplar horas ese mármol se vió a sí mismo, martilleando, rompiendo para encontrar la absoluta expresión de su talento, con la humildad de amar el hacer, el crear. Sólo está oculto lo que no queremos ver.


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Avelina Lésper
  • Avelina Lésper
  • Es crítica de arte. Su canal de YouTube es Avelina Lésper
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