M+.- El futbol es el deporte de la gente. El que se juega con una pelota cualquiera y dos piedras por portería, el que no pide más que ganas y pasión para participar. Por ello, el Mundial fue durante décadas la gran fiesta de todos y todas. Un acontecimiento global que pertenecía por igual al poderoso y al desposeído. Esa pertenencia común es, hoy, lo que está gravemente en riesgo. Porque la Copa del Mundo 2026 fue concebida, por la propia FIFA, contra esa esencia. No es un Mundial del pueblo, es un Mundial elitista.
Así lo muestra su arquitectura financiera, diseñada por la FIFA para extraer la mayor renta posible. La ampliación a 48 selecciones y 104 partidos no obedeció a una razón deportiva, sino a un cálculo comercial. Más equipos, más sedes y más juegos significan más boletos, más transmisiones y más patrocinios. La Federación proyecta ingresos récord por 13 mil millones de dólares, 72% más que en el Mundial anterior. Sólo en el año del torneo, más de 3 mil millones provienen de la venta de entradas y los servicios preferentes; otros 4 mil millones, de los derechos de transmisión; 111 millones, de la mercancía oficial. Sólo lo que se cobra dentro y alrededor del estadio se disparó más de 200% frente a la edición pasada. Es la competencia deportiva más rentable jamás organizada. Un récord que no se improvisó, se diseñó deliberadamente.
Lo condenable no es que el futbol sea un negocio. Lo ha sido quizá desde el inicio. Lo verdaderamente intolerable es el exceso, la falta de pudor y la voracidad sin recato. Asistir dejó de ser cosa de cualquiera para volverse un privilegio tasado en miles de dólares. Las entradas más caras jamás vendidas en un Mundial, fijadas por algoritmos de “precio dinámico”. Para la inauguración, el valor de la entrada oficial osciló entre los seis mil 400 pesos y los 31 mil 600 pesos, pero el boleto en reventa alcanzó fácilmente los 150 mil pesos, llegando a superar incluso el millón de pesos.
Este modelo de negocio, profundamente lucrativo, produce barreras de exclusión en un deporte que debería ser de todos y todas. Los palcos se poblaron de “invitados especiales”, mientras se cerraba la puerta a quienes viven el futbol como propio. Los que lo siguen desde siempre, los que lo sostienen domingo a domingo, quedaron fuera del Mundial de su vida. Las mayorías que mantienen vivo el juego no caben en el estadio que levantaron con su pasión.
Ningún episodio ilustra mejor esa lógica que las pausas de hidratación instauradas por la FIFA en este torneo. Se presentaron como un cuidado a los jugadores; en climas extremos podrían justificarse. Pero imponerlas en todos los partidos, sin que el termómetro tuviera nada que opinar, perseguía otro fin: abrir una ventana publicitaria donde no la había. En la inauguración, el árbitro tuvo que esperar a que la televisora terminara de transmitir comerciales para reanudar y, cuando prosiguió el juego, millones seguían viendo publicidad.
Conviene decirlo sin rodeos: el Mundial tampoco dejará un beneficio sólido en las economías que lo albergan. La derrama existe, pero la mayor parte de la ganancia se queda arriba, en pocas manos.
Ante tal escenario, los verdaderos ganadores son siempre los mismos. Quienes lucran con los derechos de retransmisión. Las plataformas de apuestas, que con cada partido abren cientos de mercados para especular en tiempo real. Las marcas deportivas que visten a las selecciones. Las compañías de bebidas. Y, por encima de todas, la propia FIFA.
La ironía no es menor. Una entidad registrada como organización sin fines de lucro, obligada por sus estatutos a reinvertir en el futbol del mundo, se conduce con la codicia de la mayor de las corporaciones. Levanta su fortuna sobre una pasión que no creó ni le pertenece.
El futbol no vive de la FIFA. Vive de las clases populares. Del niño que juega en la calle, del barrio que se vuelca a la cancha, de la familia que se reúne frente a la pantalla, del aficionado que ahorra meses, a veces años, para un boleto. Ese sentido comunitario es la única materia prima que la Federación no fabrica y, aun así, es la que más explota.
El deporte más popular del mundo, el que nació a ras de tierra y para todas las personas, merecía un Mundial del pueblo. Y mientras la pelota rueda, quienes la han hecho rodar por más de un siglo —las mayorías de siempre— miran el partido desde afuera.