Política

La IA frente al espejo de la dignidad humana

El Papa León XIV publicó en mayo pasado su primera encíclica, Magnifica Humanitas. Su tema central: la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Su punto de partida es que la tecnología no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, financia, regula y utiliza. De ahí que lo decisivo ya no sea estar a favor o en contra de la inteligencia artificial, sino gobernarla de un modo que proteja la dignidad humana, la igualdad, la libertad y el bien común.

Conviene leer la encíclica más allá de su dimensión religiosa, porque ofrece, ante todo, una reflexión profundamente humanista que resuena con el paradigma de derechos humanos que hoy ordena nuestras democracias. No celebra entusiasmos ingenuos pero tampoco alimenta miedos estériles. Propone, en cambio, criterios para discernir: parámetros para evaluar y juzgar los sistemas de inteligencia artificial a la luz de esos principios de justicia.

El documento lo plantea con una imagen bíblica: antes de decir sí o no a la tecnología, hay que elegir qué clase de ciudad queremos construir. Babel, levantada sobre la idolatría del lucro y la soberbia que sacrifica a los débiles, o Jerusalén, una comunidad que trabaja unida por una convivencia fraterna.

La encíclica llega en un momento oportuno. Las plataformas, los datos, las infraestructuras digitales y los propios sistemas de inteligencia artificial están hoy, en su mayoría, en manos privadas. Quienes los poseen deciden las condiciones de acceso, los grados de transparencia, las reglas de visibilidad y el rumbo futuro de estas tecnologías. El texto lo advierte con lucidez: el poder que define las condiciones de la vida común ya no reside solo en el Estado, sino en grandes actores económicos y tecnológicos que ejercen un poder de hecho sobre millones de personas.

Cuando esa potencia se orienta por una lógica puramente extractiva, su enorme promesa se vuelve contra las personas. Aparecen nuevas dependencias, nuevas barreras, nuevas formas de exclusión. La brecha se ensancha justo donde la desigualdad ya es profunda: entre quienes pueden participar de la revolución digital y quienes quedan a su margen.

Así, hay quienes son privados del acceso a tecnologías básicas; comunidades enteras sometidas a vigilancia invasiva; personas evaluadas por sistemas algorítmicos opacos que reproducen viejos prejuicios, estigmas y discriminaciones bajo la apariencia de la objetividad matemática. Como lo señala el Papa citando a Pablo VI: los progresos más extraordinarios pueden volverse contra la humanidad si no los acompañan principios morales anclados en la igual dignidad de todas las personas.

De ahí la pregunta de fondo: con qué parámetros y a favor de quién. La encíclica responde con criterios que casi cualquiera puede suscribir: la dignidad de la persona, el cuidado de los más frágiles, unos bienes que deben servir a todos, la paz. Y los traduce en prácticas concretas: auditorías independientes, transparencia de los algoritmos, acceso equitativo a los datos, mecanismos de apelación. En el fondo, someter el uso de los datos y de la tecnología al control público, con transparencia, para que ninguna persona ni comunidad quede a merced de decisiones que no puede ver ni discutir.

En un tiempo de polarización, desinformación y conflictos crecientes, en el que se enaltece la cultura del poder que se impone desde arriba y mediante la fuerza, la encíclica reivindica lo contrario: organizar la vida común de manera democrática, colectiva, desde abajo, con la participación de todos los afectados, empezando por los más vulnerables. La inteligencia artificial no tendría por qué ser una excepción a ese principio.

En todas partes del mundo necesitamos más voces así. Con solvencia moral y filosófica que nos recuerden que la justicia, la solidaridad, la cooperación y la paz valen más que la imposición vertical de la voluntad. La tecnología puede ampliar la participación y la justicia, o puede ensanchar la desigualdad y la exclusión. Cuál de las dos cosas haga no lo decidirá la máquina. Lo decidiremos nosotros. Y solo si elegimos custodiar la dignidad de cada persona estaremos a la altura de nuestros mejores ideales.


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Arturo Zaldívar
  • Arturo Zaldívar
  • Coordinador General de Política y Gobierno de la Presidencia de México. Ministro en retiro y expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
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