Entre las once de la noche y las dos de la mañana, cuando se supone que la ciudad descansa, varias colonias del norte de Torreón se convierten en auténticas zonas de conflicto.
En sectores como Tierra y Libertad, Moctezuma, Francisco Villa y Bocanegra, grupos de adolescentes y menores de entre 11 y 17 años se enfrentan a pedradas, con palos y cualquier objeto que encuentran en la calle.
Los vecinos viven atemorizados. No se trata únicamente del ruido o del desorden: las piedras chocan contra los cristales de las viviendas, dañan los vehículos estacionados y ponen en riesgo constante la integridad de familias enteras que nada tienen que ver con estas rivalidades de barrio.
Ante este panorama, la ausencia institucional es evidente. Los llamados de auxilio a las corporaciones de seguridad suelen quedarse en el aire o llegar cuando el caos ya consumó los daños.
Pero más allá de la respuesta policiaca, la pregunta de fondo incomoda y exige respuestas del núcleo familiar.
¿Dónde están los padres de estos chicos a la una o dos de la mañana? Si en teoría estos menores deberían estar durmiendo para acudir a la escuela al día siguiente ¿Cómo es posible que tengan vía libre para tomar las calles en la oscuridad y quebrantar la paz comunitaria?
Nos enfrentamos a una interrogante incómoda ¿Estamos presenciando una deformación en los criterios de las nuevas generaciones de tutores, o se trata simplemente de una indolencia y un abandono sistemático en el hogar?
Permitir que jóvenes de 11 años resuelvan su sentido de pertenencia mediante la intimidación nocturna no es un rasgo de modernidad ni de libertad: es la renuncia absoluta a la paternidad y al cuidado más elemental.
Los vecinos piden que la policía patrulle y contenga el desorden porque es indispensable, pero la autoridad no puede sustituir lo que no se enseña en la mesa de la casa.
Si los padres de familia prefieren ignorar lo que sus hijos hacen en las calles oscuras de Torreón para evitar la fatiga de poner límites, están siendo cómplices directos de la degradación de su propia comunidad.
Si la crianza se reduce al olvido y a la indiferencia, no solo se arruina la tranquilidad de los vecinos: se está pavimentando el camino para que esos menores terminen siendo las próximas víctimas o los delincuentes del mañana.