Preservar las tradiciones del Día de Muertos posee una belleza indiscutible. Enflorar las tumbas, iluminar los camposantos con veladoras, llevar música a las frías lápidas y ver a las familias reunidas en vela hasta el amanecer constituye uno de los rituales más entrañables de nuestra identidad.
Sin embargo, en medio del misticismo y el color del cempasúchil, la fecha nos exige hacer una pausa reflexiva no sólo sobre quienes se han ido, sino sobre las causas prevenibles que continúan llenando de luto prematuro a los hogares poblanos.
En el terreno de la seguridad, las cifras de la Fiscalía General del Estado muestran avances que no deben desestimarse: los homicidios dolosos registraron una reducción de 26.7 por ciento, mientras que los feminicidios cayeron 47.3.
La baja en los índices delictivos es una buena señal para la agenda pública; sin embargo, en un Estado de derecho en construcción, la única meta aceptable cuando se trata de vidas arrebatadas por la violencia debe ser el cero absoluto.
A la violencia criminal se suma una trágica realidad silenciosa en la que incurrimos al descuidar la salud y la prevención vial. De enero a marzo de este año, más de 2 mil personas fallecieron en Puebla a causa de la diabetes mellitus, mientras que en ese mismo periodo se registraron 672 muertes de mujeres por tumores malignos. A esta lacerante estadística se añade la imprudencia frente al volante: los decesos por accidentes de tránsito aumentaron 8.2 por ciento en el último año, cobrando la vida de 291 personas en todo 2025 y registrando ya 269 fallecimientos en lo que va de 2026.
Nadie escapa a su destino final. No obstante, el imperativo ético de una comunidad consciente consiste en evitar que la muerte ocurra bajo circunstancias evitables que profundicen el dolor de familiares y amigos.
Este 2 de noviembre es el marco perfecto para honrar la memoria de nuestros difuntos con orgullo y tradición, pero también para asumir el compromiso urgente de valorar y cuidar la vida.