Política

Y a todo esto, ¿qué dice México?

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Hay cosas que no se dicen en voz alta. Por vergüenza. Por pudor. Porque una vez pronunciadas ya no pueden retirarse. De esas cosas que quizá todos saben, pero que mientras permanezcan en silencio, conservan la posibilidad de ser negadas, corregidas o simplemente ignoradas. Decir en voz alta “ya no te quiero” o “fracasé” no solo describe un hecho. Lo inaugura. Por eso, más allá de que Daniel Ortega confesara que Nicaragua es una dictadura, lo verdaderamente revelador fue que decidiera decirlo en voz alta.

La historia de Daniel Ortega empieza, como suelen empezar estas historias, de manera heroica. Como guerrillero del Frente Sandinista ayudó a derrocar la dictadura de Anastasio Somoza. Prometió elecciones, libertad y democracia y así llegó a la presidencia de su país. Años después, en 1990, perdió la reelección y, como buen demócrata, reconoció la derrota y pasó los siguientes 17 años recorriendo el país, haciendo alianzas, planeando su regreso y esperando. Finalmente, en 2007 regresó a la presidencia y, a partir de entonces, se dedicó a desmantelar una a una las condiciones que hacían posible volver a perderla.

De aquí en adelante usted ya se conoce la historia. Es una de esas que América Latina contempla primero con alarma y luego repite con admirable disciplina. Nos encantan.

Capturó al árbitro electoral. Capturó a la Corte Suprema de Justicia. Sometió a las instituciones de derechos humanos. Desapareció los organismos independientes. Reformó la Constitución para poder controlar al Ejército y a la Policía. Intervino universidades. Vinculó los programas sociales a la red partidista. Persiguió periodistas y sacerdotes. Encarceló candidatos presidenciales. Convirtió la crítica al gobierno en un ataque a la soberanía. Llamó “traidores a la patria” a sus opositores, les quitó la nacionalidad y confiscó sus bienes. Convirtió a su esposa, Rosario Murillo, en copresidenta y puso bajo sus órdenes los Poderes del Estado, a los cuales les cambió el nombre. Ya no Poderes sino simplemente órganos. 

Un dictador, ni duda cabe, pero nadie lo decía en voz alta. Tan es así que unos cuantos días antes de la celebración de un año más de lo  anteriormente enumerado, el embajador de México en Nicaragua, Guillermo Zamora Villa, les mandó una carta oficial al “Compañero Ortega” y a la “Compañera Murillo” expresándoles  su “cariño y admiración” por el “hermano Gobierno de Nicaragua”, el cual estaba “muy bien representado” —según dijo— por la pareja de Ortega y Murillo.

Unos días después, el 19 de julio, durante la celebración del 47 Aniversario del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, Daniel Ortega anunció: “Aquí no volverán a haber elecciones”. La sorpresa no fue que confesara la dictadura, sino que lo hiciera en voz alta.

Dos preguntas quedan en el aire. ¿Por qué lo dijo en voz alta? Primero, porque esta viejo y no solo ya no se fija, no le importa. Y después, porque ha vaciado por completo la democracia de su país. Vive en su monarquía de izquierda. No pasa nada.

Y la segunda y más importante. ¿Por qué en medio del rechazo generalizado de la región, México no ha dicho nada?  ¿Qué es lo que nuestro Gobierno no se atreve a decir en voz alta? Todos sabemos, ¿verdad?


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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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