No se duerma. No lo olvide. Esta noche no se vaya a la cama sin antes dejar un zapato debajo del árbol. Esa indicación precisa le dirá a los Reyes que aquí “alguien duerme y humildemente espera algo”. Una señal para que no pasen de largo, tengan compasión y se detengan. ¿Cuál zapato escogeremos? Contrario a lo que exigía López Obrador, no tenemos tan solo un par. Tenemos muchos. Quizá demasiados de donde, tristemente, podemos escoger.
Elegir, tal vez, uno de los 400 zapatos que se quedaron abandonados en el rancho Izaguirre a principios del año pasado en Teuchitlán, Jalisco. Escalar esa montaña de zapatos abandonados y escoger cualquiera. Quizá uno de esos que se quedaron huérfanos y se encontraron sin par. El tenis vencido. La bota sin agujeta. Aquel que además del dueño perdió también la suela. Uno de esos zapatos que nuestro gobierno tiene desaparecidos de la memoria.
Hoy —nos dicen y nos repiten— hay cada vez menos homicidios. Qué fácil entonces sería encontrar a esos muchachos. Los que caminan con un solo zapato y el otro pie descalzo. Los que dejan una huella del retraso en la evolución de nuestro país. Un pie adelante y el otro atrás. Un país que no deja de cojear. ¿Entenderán los Reyes, con uno de esos zapatos bajo el árbol, lo que estamos esperando? Que regrese el dueño del zapato, que regresen los muchachos.
O tal vez deberíamos dejar al pie del árbol un zapato más fino. ¿Qué tal uno de los zapatos Prada que Andy compró en Japón? Un zapato bien cosido, de mucho más que 200 pesos y gran influencia. Quizá a los Reyes les llama la atención ese zapato y se detengan. ¿De dónde saca este muchacho tanto dinero? —pensarán los Reyes—. ¿Por qué si su padre predicaba austeridad, él camina tan orondo? Tal vez los Reyes piensen que el que vive en esta casa no le hizo caso a su padre. Un mal portado. Dicen que en las casas de los niños desobedientes, los Reyes no se detienen. Quizá tampoco sea éste.
¿Qué tal un zapato de mujer? De medio tacón, color carne. Uno de los zapatos de nuestra Presidenta. El problema es que tal vez no resista la intemperie. Tendrá la cabeza fría, pero la piel muy delgada. Se descosió cuando la criticaron porque otra vez se le descarriló un tren. Se venció por la indignación que provocaron los 14 muertos y se le volaron las tapas cuando al día siguiente un periódico publicó las personas que habían fallecido en el accidente. Un zapato que no está hecho para caminar sobre tanto escombro, acostumbrado a hacerlo solo sobre flores y elogios. Los zapatos de las mandatarias deberían tener la piel más gruesa. Acostumbrarse a caminar entre medios que señalan y gobernados que exigen.
¿Y si ponemos debajo del árbol una de las botas de Nicolás Maduro? Las botas de los dictadores siempre llaman la atención. Pulidas hasta convertirlas en espejo para solo reflejar al que las porta. Una de esas botas relucientes cuyas agujetas apretaban a la población y cortaban la respiración hasta del empeine. Si Maduro tuvo que entrar a la cárcel en chancletas de plástico, pongamos una bota para que todos vean que, tarde o temprano, ese tipo de bota pierde el lustre. Que lo vean los Reyes Magos, pero en especial los reyes con minúscula. En una de esas hasta muchos de los que viven por acá y hasta el propio Trump entienden.