¿Cuánto pesa una mentira? Depende frente a cuántos se tenga que sostener.
La mentira pesa en los hombros, en la conciencia y en la memoria infalible que debe recordar cómo, cuándo y a quién se le mintió. Y, por supuesto, también pesa en el rostro, cuyos músculos deben resistir sin aflojar para mantener impávida y sólida la cara dura. Este cálculo debe repetirse por cada persona engañada y por cada mentira añadida. Con ello, para estimar el peso total, bastaría multiplicar el número de mexicanos por cada falsedad que nuestro Gobierno sostuvo la semana pasada. Con esa suma, resulta evidente: a la Patria le debe estar doliendo la memoria, la conciencia, los hombros y ni qué decir del rostro.
¿Cuántas fueron? El accidente del Tren Interoceánico y sus 14 muertos. La Suprema Corte y los nueve vivos en sus Cherokees, la foto falsa del delincuente canadiense tomada frente a la embajada de Estados Unidos, el petróleo que si se le entrega a Cuba es una decisión soberana y si no se le entrega, pues también.
Las mentiras —se les explica a los niños— se van haciendo nudos unas con otras hasta que te enredan y resulta imposible salir de ellas. Por eso sorprende que toda esta madeja se le hubiera colgado del cuello a la Presidenta para que fuera ella la que las desenredara en plena mañanera. Pataleó y braceó, explicó: inútil. Nudos tratando de ser desatados en plena arena movediza. Con cada explicación para desenredar la mentira, apretó la trampa y se hundió un poco más.
Sabemos que la mentira en la política es una práctica antigua. Lo nuevo es la acumulación y la inocencia al mentir. Aquí las mentiras han sido tantas, tan seguidas y con justificaciones tan absurdas e inverosímiles que ha tenido dos efectos singulares. El primero: la indignación se desbordó y se transformó en comedia defensiva. El país saltó del Tren Interoceánico al Tren del Mame, donde cada chiste contra el Gobierno se enlaza con el siguiente como último reducto de dignidad colectiva. “¿Culpable el maquinista? —responden— cómo no, si nos prometieron que primero los pobres, somos también los primeros para cargar con sus propias culpas.”
El segundo efecto es aún más grave: todo ha caído en los hombros de la Presidenta. Un error de comunicación monumental que cancela cualquier salida. Todos saben ya de las mentiras, entonces si a la Presidenta se la va a hacer mentir: ¿a quién se le pregunta la verdad? No hay silla que esté más arriba y, por lo mismo, no hay narrativa que aguante tanto peso.
De las Cherokees todas las burlas se han hecho. Los ministros, por sí solos, son un chiste. Pero el problema real es otro: ¿si la Presidenta y su partido siempre han criticado los excesos del Poder Judicial, porque ahora defienden estos lujos? Lo lógico hubiera sido criticarlos. Con lo cual evidenciaron: sí, son sus correligionarios. Sí, están alineados y sí, hicieron trampa con los acordeones. Le digo: la mentira pesa en la memoria.
Finalmente, si había que mentir con lo de la detención del canadiense y con la entrega de petróleo a Cuba, tan simple como que no lo hubiera dicho ella.
Frente a esto nos quedan dos opciones: aceptar la mentira como prueba de lealtad —como sometimiento y obediencia emocional —o reírse y así nunca pasar por cómplice.