Si le dieran a elegir entre ser héroe o ser villano, ¿cuál elegiría? Le recuerdo que los primeros tienen que consumar hazañas y salvar gente, de lo que sea necesario que haya que salvarlas; mientras que, como villano, su destino será soportar el odio de todos y esmerarse en ser malvado. Es más, se la pongo más fácil: ¿a cuál equipo le gustaría pertenecer? ¿al equipo del héroe o al del villano? Tome en cuenta que cuando se presente o suba algún comentario a sus redes, todos sabrán a cuál equipo pertenece y, dependiendo del caso, le lanzarán vítores y alabanzas o lo colmarán de insultos y desprecio. Ya sé que la elección no está difícil, pero en el remoto caso de un titubeo, sintonice usted hoy la conferencia de la mañana. No le quedará la menor duda, y si le queda, usted seguramente es un villano.
Es innegable, la polarización es una de las características globales de nuestro tiempo. La sensación de una violencia en el límite del vaso, a punto de desbordar, perturba y preocupa. Sin embargo, hoy lo invito a ir más allá, explorar el nivel mítico y, acaso, encontrarle una salida, por lo menos al vaso.
Existen los buenos y los malos, nos lo dicen y repiten cada día por la mañana. ¿Y qué hay en el extremo de cada uno de los bandos? Un héroe y un villano. Hasta aquí quizá no le diga nada nuevo. La narrativa clásica: este es un héroe que antes siquiera de empezar a caminar le puso nombre a su epopeya: la 4T. Un héroe con valores de héroe, causas de héroe y tareas de héroe. Sin embargo, todo eso no basta para ser héroe, no es suficiente. En la génesis del héroe hay siempre un villano. Sin villano no hay héroe, sencillamente porque no sería necesario. Están tan hermanados, que uno es el espejo del otro: el tamaño del villano equivale al tamaño del héroe.
Clark Kent no tendría que arrojar al suelo sus gafas negras, arrancar los botones de su camisa y entrar a una cabina de teléfono para salir convertido en Superman, si no existiera un magnate de los negocios, corrupto y enloquecido, con un deseo insaciable por acabar con el mundo llamado Lex Luthor, al cual Superman siempre vence. Así como Bruce Wayne no le pediría a su fiel Alfred que le alistara el traje de murciélago y su batimóvil si no existiera un psicópata, sociópata, con la boca desgarrada a carcajadas llamado el Joker con el cual Batman siempre acaba. El problema es que esto solo es posible en el mito y en la ficción.
En el mundo real, nuestro Presidente no puede acabar con los villanos porque se le acabaría el cómic. Si acaba con uno, el otro no existe. Así pues, la narrativa presidencial necesita una producción constante de villanos. Cuantos más sean, mayor será la grandeza de la gesta y mayor su estatura. Villanos los villanos, pero también los empresarios, los periodistas, los medios y todos los que cuestionan una medida, coinciden con un señalamiento, comparten la opinión de un columnista. Villanos todos ellos, y usted que me lee, villano también.
Inútil pues pedir que acabe la polarización, aumentará. Frente a la próxima elección el héroe necesita crecer: llegarán más y más villanos. Esta semana Cristóbal Colón, los españoles y el Papa, que no terminan de pedirnos perdón, pueden ser nuestros villanos. Prepárese pues, para una histórica heroicidad y una celestial villanía.
@olabuenaga