Un virus. Un contagio incomprensible. Una plaga que está afectando a toda Latinoamérica. Tan bien que estábamos. ¿O acaso no estábamos todos felices? ¿No?
Y es que eso debe de ser. Una enfermedad, una plaga, un bicho. Si no, cómo entender que ahora también Brasil esté girando hacia la derecha. Por lo menos, en estos términos muchos lo explican: una injerencia del exterior que ciega a la gente y la lleva a cometer este tipo de locuras. En menos de cuatro años, la derecha ganó 13 elecciones presidenciales latinoamericanas. Siete países cambiaron de izquierda a derecha entre 2022 y 2026. Y Brasil podría ser el siguiente. Imposible pensar en otra cosa: un virus rabioso.
Sin embargo, antes de declarar el confinamiento, administrar vacunas de soberanía y distribuir cubrebocas hechos de leyes antimemes o silenciamiento en redes, convendría revisar el historial clínico.
Ya habíamos sufrido algo parecido. Sólo que entonces el contagio viajaba en sentido contrario. Entre 2018 y 2022, nueve países giraron hacia la izquierda o centroizquierda. Al terminar el periodo, 12 de 19 países latinoamericanos habían elegido gobiernos de izquierda. Y, por cierto, entonces se habló de injerencia extranjera —la del otro lado, que también existe— la cual también cegó a la gente y la llevó a hacer cosas en contra de su propio futuro. Tan sólo cuatro años para girar a la izquierda y ahora, tan sólo cuatro años para girar a la derecha. Tras aquel ciclo, 63 por ciento de los países habían votado por la izquierda y hoy, cuatro años después, 63 por ciento es gobernado por la derecha. Un espejo.
Curiosa enfermedad. Cambia de síntomas pero conserva la velocidad. Pareciera que el votante latinoamericano es demasiado frágil y pesca ideologías como se pesca una gripa en el metro. Sin embargo, una cosa es votar por la izquierda y otra convertirse en izquierdista. Una cosa es votar por la derecha y, a partir de ello, volverse conservador. La gente no piensa ni quiere pensar en doctrinas políticas. Cambia de gobierno y, sobre todo, de expectativas. Y cada vez lo hace más rápido.
Le propongo, entonces, partir de una pregunta distinta. ¿Por qué nos cansamos incluso de aquello que alguna vez deseamos desesperadamente? Porque es humano. La casa soñada termina por tener un baño demasiado chico. El amor conquistado termina roncando. Lo extraordinario tiene una curiosa habilidad para volverse ordinario. El tema es que nuestra forma de vida ha hecho que esto suceda cada vez más rápido.
No es una pandemia ideológica, es una pandemia de expectativas. Electores insatisfechos, consumidores insaciables de esperanza. La agotamos antes de que se cumpla y la reemplazamos al primer síntoma de fracaso.
El virus anda suelto. Y, aunque la impaciencia es estructural, hay que cuidar los detalles que la desatan. Decir que la corrupción se acabó como recién aseguró el expresidente al presentar su nuevo libro o asegurar que no había protestas de los trabajadores del IMSS como dijo la Presidenta, cuando está convocada una marcha nacional para hoy, no es de derecha ni es de izquierda. Son de esas cosas que terminan por hacerse enormes, como la de no levantar la tapa del baño al orinar.
El hartazgo no se inventa, se acumula.