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Jueves , 25.04.2019 / 00:14 Hoy

Ojo por ojo

La catástrofe del 'apagón' analógico

Álvaro Cueva

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La cosa está así: México, como todos los países del mundo, debe pasar de la televisión analógica a la digital.

¿Por qué? Porque si no lo hace quedará condenado a vivir en la prehistoria, a no poder comprar ni vender contenidos audiovisuales, a perder una de sus industrias culturales más importantes.

Como usted sabe, el gobierno, a través de diferentes instancias, es el encargado de hacer este movimiento que se ha estado posponiendo desde el sexenio pasado y que hasta este 2015 se ha podido concretar en algunas plazas comenzando de norte a sur.

El problema es que las modificaciones se han estado haciendo muy, pero muy mal.

Desde la perspectiva de los espectadores, miles de hombres y mujeres se han estado quedando sin televisión.

A lo mejor usted es una persona muy docta y fina que desprecia este medio, pero la verdad es que más allá de sus elegancias, la televisión cumple con funciones fundamentales.

Esta gente, pobre o rica, culta o inculta, se puede volver loca en cualquier momento y provocar auténticos conflictos sociales.

¿Y todo por qué? Porque las autoridades correspondientes no supieron realizar bien esta transición.

Desde la perspectiva de la industria de la televisión mexicana, esto ha sido una desgracia, un atentado directo contra su existencia.

Usted nada más imagínese: primero el gobierno, desde hace años, ha estado minando las utilidades de todos los canales privados.

Si no ha sido con una ley que los ha condenado a dejar de recibir dinero por un lado, ha sido con otra que los ha obligado a generar contenidos cada vez más limitados.

En medio de esto, que no es cualquier cosa, las autoridades orillaron a todas las televisoras de esta nación a gastar verdaderas fortunas en tecnología de punta para hacer el cambio de televisión analógica a digital.

Por si lo que le acabo de decir no fuera suficiente, lo hicieron presionando en cuanto a fechas, y ni modo de no obedecer.

La mayoría de los canales cumplió. ¿Y todo para qué? Para que les movieran las fechas una y otra vez hasta este 2015.

Total, inicia la transición e inicia, tal y como se lo dije hace rato, mal.

Decenas de miles de familias se quedan sin la posibilidad de acceder a las nuevas frecuencias y las compañías que se dedican a la medición de audiencias, que es uno de los ejes sobre los cuales gira la economía de las televisoras, colapsan ante la imposibilidad de medir bien aquello.

Resultado: los números se desploman en plazas fundamentales como Monterrey. ¿Sabe usted lo que significa esto?

Que ahora nadie puede tomar decisiones ejecutivas, creativas ni de cualquier otro tipo y, lo peor, que los clientes de nuestras más importantes cadenas ya no van a invertir como estaban invirtiendo antes.

¿Y? A lo mejor a usted, que odia a nuestras grandes corporaciones como Televisa, Azteca e Imagen, le da mucho gusto.

Pero la única verdad es que, gracias a este horror, estamos a nada de ver una televisión abierta peor a la que teníamos, más barata, vendida y sensacionalista, y que miles de personas más (¡todavía más!) se van a quedar sin empleo.

Y lo más grave es que aquí, a diferencia de lo que sucedió en el sexenio pasado cuando cambiaron mal las claves de larga distancia, nadie ha dado la cara, ninguna cabeza ha rodado y no parece que vayamos a tener una solución óptima a mediano plazo.

¡No se vale! Alguien tiene que hacer algo por el bien de México, por el bien de la televisión. ¿O usted qué opina?


¡atrévase a opinar! alvarocueva@milenio.com

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