Me preocupa esta época en la que todo el mundo se siente superior a todo el mundo, en la que nadie está de acuerdo con nada y en la que ninguna persona puede ser feliz.
¿Por qué? Porque podríamos acabar como Macondo. Urge que así como regresamos a “La Odisea”, regresemos a nuestros clásicos. Urge que así como regresamos a Homero, regresemos a Gabriel García Márquez.
Y como ver “la película” siempre es más rápido, ¿qué tal si, mientras usted termina de leer “Cien años de soledad” (porque sé que la va a hacer), se dispone a mirar la segunda parte de la serie de Netflix?
Tuve el privilegio de monitorear esa maravilla y sigo sin entender cómo fue que este prodigioso y monumental equipo de creadoras y de creadores, de todas las áreas, supo convertir en cine una de las más grandes obras maestras de la literatura universal.
Yo sé que los eruditos jamás van a estar conformes con ninguna adaptación.
Pretender que una experiencia audiovisual sea idéntica a una experiencia lectora es tan absurdo como suponer que oír una “playlist” en el transporte público puede sustituir al hecho de ir a escuchar un concierto a un auditorio famoso por su majestuosidad.
Que una plataforma con el alcance de Netflix arriesgue su presupuesto en un clásico latinoamericano no es menor. Eso no la hace buena automáticamente, pero sí posible.
Con la bendición de la familia o sin ella, la serie tenía que ganarse su legitimidad en pantalla. Y en esta segunda parte, la gana.
Y para acabar de una buena vez con todo el “hate” que la gente de las redes sociales le está tirando a esta propuesta, quisiera aclarar dos cosas:
Uno: ni todas las series son iguales ni todas las series buscan lo mismo. Y dos: no se puede medir un material de este tipo por sus “ratings”.
“Cien años de soledad” de Colombia, como “Pedro Páramo” de México y como “Il Gattopardo” de Italia, se cuecen aparte.
No son ni mejores ni peores. Van por otras inquietudes. Van por otros valores.
Por eso, mirarlas tiene que ser una obligación para todo aquel que busque otras propuestas, para todo aquel que tenga otras preocupaciones.
Pedimos diversidad e inclusión. Esta serie responde desde otro lugar: no desde el discurso, sino desde el tono, el territorio y la manera de contar.
“Cien años de soledad”, la serie, en su contexto, también es una obra maestra, un ejemplo de diversidad, una muestra de inclusión y un muy amoroso acto de respeto.
Porque mientras que otras plataformas hacen pedazos los libros que tocan, “Cien años de soledad” fue bordada a mano escena por escena, apegándose con una fidelidad admirable al libro.
Y la segunda temporada es un acontecimiento. Se nota que esa gente tuvo la experiencia de la primera. Se nota el cariño.
No le voy a vender trama para no arruinarle nada (como si la novela de García Márquez no formara parte de nuestro imaginario colectivo), pero hay dos elementos que la vuelven imperdible.
El primero: lo mucho que retrata la actualidad. Es increíble cómo se sienten la guerra ideológica, el impacto de la tecnología, la destrucción del medio ambiente en nombre del progreso y el impacto de la migración.
Y el segundo: lo tremendo que es reconocernos en ese espacio, en ese tono y en esos personajes manipulados por perversos liderazgos, apantallados por los nuevos aparatos, indiferentes ante la muerte de la naturaleza y confundidos por ver gente que viene de otras partes.
¿Ahora entiende cuando le digo que me preocupa esta época en la que todo el mundo se siente superior a todo el mundo, en la que nadie está de acuerdo con nada y en la que ninguna persona puede ser feliz?
Todas y todos estamos en Macondo. Luche con todas sus fuerzas por mirar o por terminar de ver esto.
La segunda temporada de “Cien años de soledad” se estrena mañana miércoles 5 de agosto en Netflix. El gran final será un portentoso evento cinematográfico que estará disponible el 26 de agosto. Le va a gustar. De veras que sí.