Política

Cuando la razón dialoga con la emoción

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Vivimos en una época en la que se habla constantemente de inteligencia emocional. Se ha convertido en una de las competencias más valoradas en el liderazgo, pero también en una de las más malinterpretadas. Con frecuencia se piensa que una persona emocionalmente inteligente no se enoja, no se frustra, o no pierde la calma. La realidad es muy distinta.

Las personas con inteligencia emocional también sienten miedo, ansiedad, tristeza o enojo. La diferencia no está en las emociones que experimentan, sino en la manera en que deciden responder a ellas.

Con los años he comprendido que el liderazgo no se pone a prueba cuando todo sale bien. Se revela en los momentos de incertidumbre, cuando una crítica incomoda, una decisión pesa o una conversación difícil pone en riesgo una relación, un proyecto o un equipo.

Es precisamente en esos instantes cuando aparece la inteligencia emocional. No para reprimir lo que sentimos, sino para impedir que una emoción pasajera tome una decisión permanente.

Hacer una pausa antes de responder un mensaje. Respirar antes de emitir un juicio. Escuchar antes de defender una postura. Esperar unos minutos antes de reaccionar. Son acciones pequeñas, pero profundamente transformadoras.

En las instituciones solemos invertir grandes esfuerzos en desarrollar conocimientos técnicos, estrategias y procesos. Sin embargo, pocas veces enseñamos a gestionar la frustración, la incertidumbre, el conflicto o la presión. Paradójicamente, son esas habilidades las que con mayor frecuencia determinan la calidad de un líder.

He conocido personas con una preparación académica extraordinaria que no logran construir equipos porque reaccionan desde el impulso. También he visto líderes que, sin ser los más brillantes técnicamente, inspiran confianza porque saben escuchar y mantener la serenidad incluso en los momentos más complejos.

La inteligencia emocional no elimina los problemas ni evita los desacuerdos. Lo que hace es permitirnos atravesarlos con mayor claridad, empatía y equilibrio.

Quizá el verdadero poder no esté en responder más rápido ni en hablar más fuerte. Tal vez resida en saber cuándo guardar silencio, cuándo observar antes de actuar y cuándo permitir que la razón dialogue con la emoción.

Porque las emociones forman parte de nuestra condición humana. No podemos evitar sentirlas, pero sí aprender a que no gobiernen nuestras decisiones.

Al final, el liderazgo más complejo no es el que ejercemos sobre una organización, sino el que somos capaces de ejercer sobre nosotros mismos. Ese liderazgo comienza, muchas veces, con una pausa.


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Alicia Ivette Sierra Sosa
  • Alicia Ivette Sierra Sosa
  • alicia.sierra@mailune.mx
  • Directora de Liderazgo Académico de la Universidad del Noreste Lic. Filosofía y Letras Máster en Gestión Universitaria Máster en Dirección de Instituciones Educativas
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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