A la cocinera Madeleine Paulmier se le atribuye la invención de la magdalena, un bollo típico francés con forma de almeja que también es un símbolo de la literatura a partir de un célebre episodio evocativo del narrador de A la búsqueda del tiempo perdido, que no pasó inadvertido para el fusilero, alumno entonces del IFAL, que halló una imagen del pan aquel en la portada del ensayo de Carole Auroy sobre Marcel Proust, publicado por Gallimard en 1993, y después un apartado específico en la edición L’ABCdaire de Proust, de Flammarion (1998): la pequeña magdalena de Combray.
De aquellos años recuerdo la edición titulada Por el camino de Swann (RBA Ediciones, 1995), correspondiente a una bella colección en pasta dura titulada “Historia de la Literatura” que constaba de un centenar de títulos, y años después mi querido amigo Javier Uribe me obsequió la obra en un solo tomo en francés, es decir, À la recherche du temps perdu (Quarto Gallimard, 1999, dirigida por Jean-Yves Tadié) con sus dos mil 408 páginas.
Hoy en día, por fortuna, Alianza Editorial ha incluido en su colección Libro de Bolsillo, que ya suma casi dos mil títulos, los siete tomos de A la búsqueda del tiempo perdido con traducción del poeta Pedro Salinas (2020) los tres primeros y de Consuelo Berges el resto. En el orden acostumbrado, los volúmenes abren con 1. Por el camino de Swann y siguen con 2. A la sombra de las muchachas en flor, 3. El mundo de Guermantes, 4. Sodoma y Gomorra, 5. La prisionera, 6. La fugitiva y 7. El tiempo recobrado.
Acaso más que nunca, frente a esta summa, para decirlo con los franceses, hay que andar con cuidado para diferenciar al autor Proust, al narrador y al héroe de la novela, por más que los puentes tendidos sobre los siete libros nos manden a un tiempo las imágenes de Marcel, de un “invertido” (como él llama a los homosexuales masculinos), de un joven asmático, de un aspirante a escritor y de un ganador del Goncourt entre salones de la aristocracia con aire impresionista.
Alfredo Campos Villeda
@acvilleda