Hay trucos que nos resultan familiares, no precisamente universales, pero sí de amplia difusión en el mundo. Uno puede pensar que los cobros de piso del crimen organizado tienen sello nacional, pero son comunes en países donde las mafias controlan significativos grupos poblaciones y territoriales. La ley y el orden, es decir, el estado de derecho, acusa fisuras aun en las latitudes más desarrolladas, no se diga en aquellas liberadas apenas en 1989 en Europa del Este. Y ni hablar de naciones fallidas.
Resulta sintomático, por eso, encontrar en las acciones del gobierno estadunidense algunas suertes propias de grupos que desafían toda norma. Hace unas semanas, después del secuestro de Nicolás Maduro de Venezuela, justificado con el argumento de la aplicación de la ley estadunidense, Donald Trump ordenó sacar de ahí algunos millones de barriles de petróleo para venderlo y ofreció algún pago a la nación intervenida, siempre y cuando use ese dinero en productos made in USA. O sea, nada ajeno a las tiendas de raya tan típicas del Porfiriato.
Por supuesto que esas artimañas mafiosas no eran privativas del México de entre siglos, el XIX y el XX, pero sí ilustran lo añejo y cercano que nos resultan viniendo de un gobernante del primer cuarto del XXI aplicadas a un país de Sudamérica, donde Estados Unidos no se detuvo la centuria pasada para patrocinar golpes de Estado en cualquier lugar que no respondiera a sus intereses, apadrinando feroces dictaduras como en República Dominicana, Guatemala, Argentina y Chile.
Como no tiene freno, ahora ha echado mano de otra carta de malandro. Mire usted: ha tenido a bien avisarle a las autoridades y población de Groenlandia que tengan cuidado, porque hay algunos chicos del barrio, rusos y chinos, que se quieren agandallar, pero no debe preocuparse, porque él puede brindarle seguridad a cambio de que le entregue el territorio, uno que, dice, acaso podrían defender por su cuenta con dos trineos jalados por perros. Aquí y en China, amable lector, a eso se le llama extorsión con la fórmula de la venta de protección a la voz de “por las buenas o por las malas”.
Medidas delincuenciales como políticas de Estado hacia el exterior.