Salman Rushdie me decía en una entrevista que hubiera tildado de loco a principios de noviembre de 1989 a quien pronosticara la inminente caída del Muro de Berlín, impensable entonces aun para los expertos, y llamaba por eso a tener cautela con los ejercicios prospectivos en materia geopolítica, habida cuenta, además, de los fracasos de otros análisis como la guerra de civilizaciones de Samuel Huntington y el fin de la Historia de Francis Fukuyama.
Resulta curioso constatar que son novelas, antes que ensayos, las obras más cercanas como ventanas de la realidad del primer cuarto del siglo XXI. También es relevante que, si antes quedaron bien definidas las posiciones derivadas, primero, de la Segunda Guerra Mundial y, después, del colapso soviético, hoy sea misión imposible trazar líneas de asociación con alguna lógica, como pasa también con el arte, libre ya de movimientos y corrientes que caracterizaron la centuria pasada.
La China salvajemente capitalista, el Estados Unidos ciento por ciento proteccionista, el Japón relegado de la cima tecnológica, la Francia acechada por la ultraderecha y otros escenarios insólitos hace 25 años marcan ya el derrotero de nuestro tiempo con excepciones nostálgicas de la prehistoria, como la Cuba socialista con una apertura de juguete, la Nicaragua obsoleta atrapada en ambiciones personales y un Israel secuestrado por un primer ministro fuera de sí que busca erradicar a los palestinos y anexarse Gaza y Cisjordania.
Qué decir de la estatura de los líderes actuales. Donald Trump con alucinaciones de ser papa y presidente de Venezuela y Groenlandia, Daniel Ortega emulando con su esposa a los Somoza, ciego de poder, y Vladímir Putin eternizado en el Kremlin después de manipular las leyes desde hace un cuarto de siglo, firmando su ambición con el ataque a Ucrania.
El vicepresidente de Estados Unidos regañó ayer al primer ministro de Israel, exigiéndole respetar Líbano después del memorando de entendimiento con Irán, pero él mismo y su jefe pusieron a tambalear el preacuerdo la víspera, cuando aclararon que su país no pondrá un dólar de los 300 mil millones comprometidos en el documento. Un intercambio de despropósitos con el mundo en vilo.