Hubo épocas en que los presidentes se tomaban tanto tiempo para diseñar y ensayar sus episodios de propaganda como para armar campañas contra sus adversarios, porque es sabido que el resto de sus actividades, es decir, gobernar, es un ejercicio reservado a un ejército que ejecuta el guion… en teoría.
Así es como Miguel de la Madrid se preocupó más por salir bien peinado y con sus zapatos lustrados que por otra cosa durante los días aciagos del temblor del 19 de septiembre de 1985, con su semblante imperturbable frente a la tragedia ilustrada en edificios y más edificios colapsados.
A Carlos Salinas le pareció buena idea ponerse de sport y, ya fuera del gobierno y peleado con Ernesto Zedillo, anunciar una huelga de hambre que desató una carcajada monumental nacional, inconforme por la persecución a su familia debido al asesinato de su también pariente José Francisco Ruiz Massieu.
Otro que aprovechó su outfit tradicional para presumirlo por fin en un contexto natural fue Vicente Fox, quien se calzó sus botas para la cumbre Marlboro, como se bautizó a una reunión con George Bush junior en el rancho del guanajuatense, conocida la debilidad de ambos por la tradición vaquera.
Inolvidable, si no es que memorable, el disfraz de Felipe Calderón como comandante supremo de las fuerzas armadas, cuya desastrosa idea vaya usted a saber quién se la inoculó, pero de que se desplegó en público la trama como una estrategia no hay duda, así haya resultado contraproducente al grado de la mofa.
Cuando Enrique Peña quería exhibirse en algún contexto, su equipo se esmeraba no solo en enviar las fotos, sino que la sección de vocería no daba tregua y llamaba para “sugerir” la instantánea para portada, fuera con el presidente en short posando con adolescentes o pisando con todo cuidado algún encharcamiento, así ninguna le favoreciera.
Pero lo que no había visto en todo este tiempo es a un presidente que, obsesionado con sus temas fijos (INE, Poder Judicial, Loret, Xóchitl), descuidara su traslado a Acapulco al grado de empezar el recorrido en Suburban, seguirlo en jeep militar y quedar atascado, continuarlo a pie en el lodo y acabarlo en una camioneta de redilas con los secretarios de Defensa, Marina y Seguridad parados en la caja posterior. Delirante.