Igual que sucedía con especies prehistóricas como el acorazado Dunkleosteus de los mares devónicos, los dinosaurios políticos de nuestros días están obligados a cargar con una armadura a prueba de todo, piel gruesa propia de sus ancestros, para navegar por las aguas agitadas y caprichosas de su entorno. Poco sorprende, pero es igual de vergonzoso asistir a su exhibición, verlos proceder con la zalamería de un paje sólo para convertirse en un cobarde ejecutor por la espalda.
Después de hacer pasar a la Presidenta el bochornoso episodio de enviar una reforma electoral para verla sucumbir, estos piquetes de diputados veleta le juran lealtad a la jefa de Estado, se llaman a espanto por ser tildados de traidores y hasta amagan con tomar medidas legales, heridos sus sentimientos por semejante calumnia. No asumen las consecuencias de sus actos, de su conducta contraria a los acuerdos de bancada con la cabeza del proyecto, pero se cuidan poniéndose una vez más de tapetes, aunque prestos, obviamente, para jugar contra la casa de nuevo.
La Presidenta los consintió, no se diga los liderazgos de Morena, hablando de que sólo se trataba de diferencias, de que la alianza es sólida. Al final no sólo los valientes “aliados” externos le dieron la espalda, sino también siete miembros de la tribu, que dejó de ser ese bloque compacto que sacaba todo antojo de Andrés Manuel López Obrador sin un solo respingo para exhibir, en el voto crucial, siete filtraciones, tres por rechazo expreso y cuatro por
omisión.
¿Cómo esperan que se les llame, si no traidores? Hay una película en Netflix que vendría bien a esta gente de piel delicada y un cinismo desbordado, porque detona un mensaje que acaso capten. El cautivo (2025) es un filme dirigido por Alejandro Almenábar sobre el paso de Miguel de Cervantes por Argelia, que debe lidiar con Hasán Bajá, un gobernante que lo retiene como prisionero. Otro español ahí retenido se acoge al reniego, es decir, a abrazar el islam por el cristianismo, y después finge cooperar en el plan de fuga del escritor, sólo para delatarlo con sus captores.
Como es natural, el traidor por partida doble acabará empalado.