Los antecedentes del retrato, nos ilustra Tzvetan Todorov en su ensayo Elogio del individuo (Galaxia Gutenberg, 2006), datan de las tumbas del Antiguo Imperio egipcio (2,700-2,300 a. C.) en las que no solo se trata de pinturas de personas, sino de estatuas individualizadas. Sin embargo, por no estar destinadas a la contemplación de los seres humanos, sino a fines funerarios y relativos a su tránsito mortal, hay una resistencia a catalogarlas como “retratos”.
En ese sentido, el filósofo francobúlgaro dice que aunque desde la época paleolítica todas las civilizaciones han conocido la imagen, incluso la representación de seres humanos, el retrato es un género bastante más irregular. Lo define como una imagen que representa a uno o varios seres humanos que han existido realmente, una imagen pintada de manera que transmita sus rasgos individuales.
Es en un momento de la historia, a principios del siglo XV, que en el norte de Europa se introducen individuos en las imágenes, pero no seres humanos en general, sino personas concretas provistas de nombre y de biografía. En otras palabras, explica Todorov, es cuando surge el género del retrato y los pintores que se adscriben a ese movimiento proceden de una sola región, Flandes, por lo que pertenecen a lo que se denomina arte flamenco.
No sorprende, debido a estos antecedentes, que sea Jan Van Eyck el autor de lo que se llama el primer retrato burgués de la historia del arte, en palabras del académico italiano Sandro Sproccati, coautor de Guide de l’Art (Éditions Solar, 1992), y que no es otro que el célebre cuadro Arnolfini y su esposa o Los esposos Arnolfini (1434).
Esa pintura es también defendida como el primer autorretrato, porque en el espejo cóncavo al fondo, con el recurso de mise en abîme o abismada, aparecen los personajes de espaldas y el propio artista en acción. Así, el autorretrato se diversificó para alcanzar otras disciplinas como la escultura, las letras, la fotografía y, sí, la política.
Vicente Fox pintó un autorretrato cuando declaró a días de acabar su gestión que él podía decir cualquier tontería, porque ya se iba. Ayer el presidente en turno, en traje de espontáneo, trazó el propio a ritmo de “los marcianos llegaron bailando chachachá”. A su manera, pues, con algo de IA.