Política

El mundo feliz cabe en un informe de gobierno

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Llega septiembre y el país parece entrar en una especie de ritual obligado. Llegaron los informes de gobierno. En redes, tele y periódicos, titulares parecidos, los mismos encuadres. Pareciera que los tres niveles de gobierno se ponen de acuerdo para decirnos, a coro, que todo marcha bien. Pero uno mira su entorno y el de las familias y cuesta sentir que eso que dicen tenga que ver con lo que vive en el día a día.

No hay problema en que rindan informes. De hecho, es una obligación constitucional. La bronca es cómo los hacen y para qué los usan. Un informe, en teoría, tendría que ser un momento para poner las cartas sobre la mesa y decir sin rodeos: “Esto funcionó, esto no, y esto es lo que vamos a hacer para arreglarlo”. Pero casi siempre se convierte en un monólogo muy bien producido donde todo es “vamos bien”.

Frente a un atrio o con micrófono en mano, una señora o un señor hablando con voz melosa, para emocionar a sus seguidores. Parece más el tráiler de una película que un documento oficial. Lo que menos importa es que la gente de a pie entienda qué pasó con su dinero o con su seguridad.

Uno reflexiona cómo vivimos esto en la casa donde sale el agua hedionda, o cuando libra el bache que lleva cuatro meses abierto, cada vez más grande. En el transporte público, el mismo caos de siempre, los camiones llenos y choferes sin educación vial. Y luego, en el informe, aparecen las obras monumentales, los grandes logros y las cifras millonarias que marean. Hay un abismo entre lo que dicen los discursos y lo que uno siente al despertarse cada mañana. Es como si hablaran de otro país, de un estado ajeno al nuestro. Esa desconexión es lo que más duele.

Y lo más curioso es que los tres niveles hacen lo mismo. El presidente da el suyo, el gobernador el suyo, el alcalde el suyo. Parece un juego de espejos. Casi todos recurren al mismo vocabulario: “transformación”, “cambio”, “justicia social”, “pueblo”. En lugar de explicar la división de responsabilidades y ofrecer disculpas, todo se mezcla en una fiesta de autofelicitación donde todos se aplauden entre sí.

Luego está esa forma tan calculada de presentarlo. No es sólo el discurso, es el montaje alrededor. Las invitaciones con diseño exclusivo, el protocolo estricto, los aplausos marcados con carteles. Ahí llegamos a la cereza del pastel. El costo de todo esto es enorme y no sólo en dinero. Se gasta una millonada en el libro que nadie lee, en el escenario, el sonido, las pantallas, la logística para mover a cientos de funcionarios e invitados. Todo sale de nuestros impuestos. Pero, además del gasto, hay un costo político y un desgaste de la confianza.

Se gasta una cantidad brutal para que, al final, el acto se parezca más al arranque de una campaña electoral que a una rendición de cuentas. ¿Por qué parece campaña? Porque el tono es idéntico. Se mira directo a la cámara, se sonríe de forma ensayada, se promete lo que ya se hizo, pero con un dejo de “voy a seguir haciendo más”. Se buscan las palmas del público invitado, se lleva a simpatizantes a llenar los espacios. Es el mismo manual del comercial político.

La pregunta es si avanzamos o solo mejoramos en la técnica de contar historias bonitas. Antes se esperaba este ejercicio para ver si el gobierno había cumplido. Ahora pareciera que sabemos más por los memes o por las quejas en redes que por estos informes oficiales. El informe se ha vuelto un adorno, una pieza de museo que sacamos una vez al año y que casi nunca se confronta con la realidad.

Y ahí queda uno, viendo el teléfono, sintiendo que el tiempo pasa y las cosas no cambian. Tal vez el problema no es que den el informe, sino cómo nos lo presentan. Como si nos hicieran un favor, cuando es una obligación que tienen con nosotros. El día que los informes se sientan incómodos para quien los da, que tengan que responder preguntas sin guion y sin evadir, ese día empezaremos a hablar de una verdadera rendición de cuentas. Mientras tanto, seguimos viendo el mismo teatro, pagando la cuenta y preguntándonos si la próxima vez será diferente o solo tendrá un mejor diseñador gráfico. Y si no, échele ojo esta semana al mundo feliz de los alcaldes.

Al final, cuando desmontan el escenario, a los ciudadanos nos queda la vida real. Nos quedan las calles que no salen en los gráficos, los muertos, las desapariciones. Nos queda el bache que esquivamos en la esquina, la luz que se fue y el agua sucia que sale de la llave.

Kathrin Soriano
Kathrin Soriano


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Alejandro Sánchez
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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