Según encuestas de percepción pública en el año 2021 hasta 91.7% de los mexicanos había recurrido al menos una vez en su vida a prácticas como la magia, la brujería, las limpias, los curanderos, los lectores de manos, los chamanes o los sanadores espirituales para asuntos relacionados con el amor, el trabajo, la salud o el dinero. El negocio de la charlatanería y el engaño ha crecido ante la necesidad del ser humano de hallar soluciones a sus problemas y conocer lo que le depara el futuro.
No tenemos por qué desperdiciar dinero ni correr riesgos en terrenos que entrañan enormes peligros físicos, mentales y espirituales. La Biblia nos ofrece algo infinitamente más confiable: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro” (2ª. Pedro 1:19).
En medio de los desafíos de la vida, podemos acudir confiadamente a las Escrituras. Su mensaje ha trascendido generaciones y permanecerá cuando nosotros ya no estemos: “Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1ª. Pedro 1:24-25).
La palabra de Dios alumbra el alma que vive en tinieblas. No es una predicción humana ni una experiencia pasajera; es su revelación, cuyo centro es la persona y la obra de Jesucristo. Su propósito no es satisfacer nuestra curiosidad sobre el futuro, sino conducirnos a la salvación que Cristo nos ofrece gratuitamente, gracias a su sacrificio en la cruz, donde pagó por nuestros pecados. Por eso un hombre de corazón receptivo dijo confiadamente: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105).
Lo que tu alma necesita no es simplemente creer que Dios existe, sino creerle a Él, confiar en su Palabra y entregarle tu vida. Jesús nos asegura: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).
Acude hoy a Él. Pídele, con tus propias palabras, que perdone tus pecados, que transforme tu vida y te saque de las tinieblas a su luz admirable. En Cristo encontrarás vida, libertad y la salvación que ninguna práctica humana puede ofrecerte.