No sé si crees en Dios o no, pero permíteme hacerte una pregunta: Si quisieras alcanzar a las personas consideradas “más perdidas”, ¿dónde las buscarías? “¡Es sencillo!”, quizá respondas: “En las cantinas, los antros y los lugares de mala reputación”. Sin embargo, observa dónde fue Jesús: “Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, Jesús enseñaba. Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él” (Marcos 1:21-26).
¡Sorprendente! Jesús entró en un lugar donde la gente se reunía para escuchar las Escrituras, y allí encontró a un hombre dominado por un espíritu inmundo. ¿Cuánto tiempo habría pasado inadvertida su condición? Solemos pensar que quienes frecuentan lugares religiosos son necesariamente los más cercanos a Dios. Pero estar en un lugar de culto no significa tener una relación genuina con Él. Jesús enseñaba con autoridad, sin ocultar la realidad del pecado ni sus consecuencias. Pero también anunciaba la esperanza: el perdón, la salvación y la libertad que Dios ofrece por medio de la fe en Él.
Cristo no vino a destruirnos, sino a rescatarnos del pecado y darnos vida. Él mismo declaró: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
Quizá pienses que seguir a Jesús amenaza tus tradiciones, tu cultura o tus conocimientos. Jesús te invita a reconciliarte con Dios y comenzar una vida nueva.
Por amor a ti y a mí, Cristo sufrió y murió por nuestros pecados para abrirnos el camino hacia Dios: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Ninguna religión puede salvarte. No basta con asistir a un templo: necesitamos reconciliarnos con Dios por medio de Jesús. Vuélvete a Él, pídele perdón y confía en su gracia. Su llamado es para rescatarte y darte vida eterna.