“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Con estas palabras inicia la Escritura. Rechazar la revelación divina nos arroja a los fríos e inciertos terrenos de la especulación humana. Creer que somos fruto del azar -que provenimos de una sopa orgánica que, tras millones de años, mutó en más de ocho millones de especies- exige una fe ciega que no ofrece respuestas al alma.
Cuando enfrentamos tragedias, dolor, y desafíos, resulta inútil buscar consuelo en la teoría de la evolución o rogarle al Big Bang que intervenga a nuestro favor. Pero, si depositas tu fe, aun pequeña, en Dios y en su verdad eterna, descubrirás que te creó, que le importas más de lo que imaginas.
Si Dios es el origen de todo, tu vida no es un accidente ni un error. Eres una creación única, irrepetible y profundamente amada por Él. Quien te dio un principio puede acompañarte en el camino y conducirte a un destino eternamente glorioso.
Al reconocer tu pecado, podrás correr a los brazos de Aquel que desea perdonarte, liberarte y darte una vida nueva. Creerás en Jesucristo, Dios hecho hombre, quien calmó tempestades, multiplicó panes y peces, sanó enfermos, caminó sobre las aguas y resucitó muertos. Creerás en Aquel que fue a la cruz para cargar sobre sí nuestros pecados, sufriendo el juicio que nos correspondía para reconciliarnos con el Padre. Creerás que resucitó victorioso y que hoy intercede por ti.
El Dios eterno es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Por su gracia y misericordia, nada le es imposible y anhela hacer algo nuevo en ti: transformar tu corazón, renovar tu mente y darte una vida plena.
Al invitar a Jesucristo a habitar en tu interior por medio de su Santo Espíritu, sus promesas cobrarán vida en tu corazón: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jeremías 33:3). “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Isaías 1:18). “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2).
Esto no significa que tu vida estará libre de aflicciones, pero sí que el Dios en quien has creído no te dejará ni desamparará y luego, te recibirá en el Cielo para gozar de su presencia por la eternidad.
¿Lo crees?