Cultura

Es que se me caen los calzones…

  • Pa'no molestar
  • Es que se me caen los calzones…
  • Alejandro Evaristo

Miguel tiene una perra muy grande. Es de esos animales corrientes que se encuentran merodeando por las calles a cualquier hora y día, especialmente en las zonas aledañas a los mercados, donde esperan pacientes y hambrientas a ese alguien cuyos descuidos les permitirán enfrentar, al menos un día más, esa maldita hambre. Pero el amigo es dueño de un gran corazón y se ha esmerado en cuidar, proteger y alimentar a la enorme bestia peluda que no le deja ni a sol ni a sombra. La llevó a un sitio de esos donde la bañaron, cortaron y cuidaron su pelambre, le arreglaron las patas y le quitaron ese amasijo de mugre y porquería que cargaba al lomo.

El animal no era nada bonito, pero cuando uno veía cómo le movía la cola al amigo y se relamía mientras esperaba que el buen hombre terminase con sus quehaceres cotidianos para atenderle, era muy divertida. Brincoteaba aquí y allá. A veces, cuando él estaba descansando, se tiraba a la tierra con las tetillas al aire y la panzota dispuesta al arrumaco y el cariñito lisonjero.

A fuerza de procurarle tanto, el ser humano le agarró cariño al animal y llegó un momento en que andaba con su perra de arriba para abajo. La llevaba aquí y allá y hasta le compró su casita y unos trapitos para que se viera bien linda, algo casi imposible porque pues lo corriente se le notaba desde aquí hasta Tijuana… y más cuando abría el hocico, porque le apestaba a rayos y heces de otros tantos a los que también les había mostrado la panzota y movido la cola…

***

Ya no tenía dinero. Era el penúltimo día de la quincena y esperaba con ansia que ya fuese pasado mañana para poder surtir despensa, comprar alimento para los animales, cargar combustible a la destartalada camioneta que solo funcionaba 20 días de cada mes y satisfacer dos antojos que le carcomían la entraña y le destrozaban las glándulas salivales desde la semana pasada: plátanos con crema espolvoreados con un poco de canela y azúcar y un par de cervezas bien frías viendo alguno de los nuevos programas que anunciaba el sistema de TV por cable cuyo servicio estaban a punto de suspenderle por un retraso en la cuota mensual.

La distancia hasta su domicilio era bastante considerable. Estaba cansado y lo último que deseaba era caminar hora y media a casa. Decidió usar el transporte público y desprenderse de 8 pesos para llegar con calma, tranquilo y bastante relajado. El autobús estaba detenido en el paradero y el chofer descansaba plácidamente en el asiento del conductor viendo el ir y venir de la gente. Su ayudante, un muchacho de unos 14 o 15 años era el que estaba cobrando el pasaje a quienes decidían abordar.

Él entró, pagó con una moneda de 10 pesos y cuando recibió su cambio, dos monedas de a peso, las guardó junto con las otras en la bolsita lateral oculta en su mochila de viaje, trabajo y compras. 43 pesos en total para subsistir dos días más. ¡Carajo!

A un costado del acceso a la unidad, un sujeto mal encarado lleno de tatuajes en la piel y podredumbre en la dentadura, aspira el mágico elixir de una tela humedecida por líquidos que saben a pollo y carne y verduras hervidas con limón y tortillas calientitas. Nadie ha podido igualar las de la jefa, pensaba. Le dice al hombre que le regale monedas para comprar comida pero este rechaza la petición argumentando falta de capital y sus propias necesidades. No se molesta. Voltea y aspira profundo. Le ve abordar, pagar con una moneda de 10 pesos y casi escucha el tintineo de los dos pesos que el ayudante del chofer ha depositado en las manos del mono ese al que así, bajito, le remienta la madre.

El chofer sigue descansando, el ayudante cobrando, el hombre haciendo cuentas y el amigo en tierra sigue en los cielos y ve ángeles. Así lo dice y lo pronuncia, sobre todo cuando se encuentra de frente con la anatomía de una mujer en pantaloncillos y una blusa abierta a los costados cubriendo su piel y un top negro. “Mira nada más mi hermano, está rechula la pinche vieja…”. El joven que acompaña a la chica se le planta de frente y le dice que es cierto, que su novia está así y él lo sabe y si piensa decir algo sobre ella que lo haga con respeto.

El sujeto sigue sentado sobre un huacal cubierto con jergas sucias. La espalda recargada en lo que queda de un anuncio en el paradero y la imaginación bizarra y unida a la mirada deleznable de un animal ansioso, perverso, dispuesto a todo para satisfacer sus más bajas pasiones que ahora se reducen a una pechuga de pollo con mole verde y más tortillas calientitas, como las que hacía la jefa allá en el rancho…

***

Se sentó junto a la ventanilla porque tiene la estúpida idea de “así ver todo”. Avanzan calles y avenidas a una velocidad bastante “moderada”. En la realidad evidenciada tras la ventanilla, está la plaza comercial con su casino; también está la entrada a la colonia esa, una de las más jodidas de la ciudad y de la que más salen personajes gandallas y amigos de todo lo que no es suyo, pero de los jodidos, porque los otros amigos de lo ajeno despachan en oficinas grandes con aires acondicionados, choferes, guaruras y todo un séquito de gatos limpiándoles las patas.

Es curioso. Quiere ver todo pero no sabe que ayer fue día de debates. Así que no se pudo carcajear de la falta de oficio de algunos que quieren gobernar y el increíble cinismo de quienes quieren seguir viviendo del trabajo de otros. Tampoco pudo percatarse de los ofrecimientos de todos esos roedores encatrinados; de las promesas en sus enormes bocas y su mínimo conocimiento de nuestras necesidades; de las encuestas sin cifras reales y acusaciones sin sustento; de los señalamientos de corruptelas y todas las mentiras hechas, pronunciadas y validadas por ellos, los que están para “servirnos”; no pudo hacer algo por entender “frivolidades”, señalamientos sobre carencias de “oficio político” y el eternamente descubierto “hilo negro”. No quiso saber cuántas lacras caben en un salón donde la democracia es un juguete y la ciudadanía una cosa que navega sin rumbo, sin barca, sin timón, sin capitán y sin la menor idea de a dónde dirigirse.

Él iba feliz viendo a través de un cristal que no es eso, sino un pedazo de plástico reforzado. Tranquilo, medio quieto porque pos tanto hoyo no permite servir y tanta burla impide analizar; tanta promesa queda ahí, en el aire, y lo peor de todo es que una tierra hija predilecta de Ehécatl está plantada, enraizada y moribunda, como el país entero, pero eso tampoco le importó porque allá, al otro lado de la avenida, abrieron un nuevo bar en el que ofrecen una copa de cortesía a los clientes con la misma sonrisa de la niña esa de blusa coqueta y blazer blanco que no sabe qué hacer cuando el atacan al “bueno”.

Él va. Ve los espectaculares y las casas de campaña y las frases de quienes sonríen esperando que las mismas mentiras de antaño sean tan válidas como los ocho pesos que ya fueron porque no tuvo la fortuna o la capacidad de involucrarse en la cosa política y porque no le interesa lo que digan mientras tenga algo que servir a la mesa de su familia, con todo y lo disfuncional que pueda parecer y con todo y lo falso que pueda parecer. Como ellos, el conjunto: los aspirantes y su mediador. Pinche gente.

***

Tengo comezón en las puntas de los dedos y los labios secos. Igual y fue por la botella de ron que nos brindamos anoche, pero no creo porque hemos hecho, visto, bebido y degustado mucho más en otras ocasiones. Hoy me siento libre y no quiero pensar en todas esas mentiras que he escuchado por todos lados y de todas formas. Recuerdo a mis amigos de entonces, los que traicionaron y los que nunca abandonaron el barco. Recuerdo también los entretelones y las fechas, la frialdad y la calidez, la canción, la voz, el tema. Recuerdo el tamaño de tu esencia y también el de las teorías ocultas ahí, justo en la voz del imbécil ese fuera del paradero que le reclamaba al hombre que le reclamó su falta de tacto para referirse a ella y su nombre. Los profetas y las escrituras son tan falsas como lo es el tamaño de mi ignorancia y la validez de tu comentario. No hay evidencias, faltan los postulados y la mesa vacía sigue clamando un poco de verdad.

A mí, en lo personal, se me caerían los calzones si logro confirmar que tú eres un pedazo de la bestia que no adoro. Pero mi argumento es un espacio vacío, las llagas en las manos de tus padres y, por supuesto, la carencia de un astro que logre duchar este cuerpo falto de ansiedades. No soy dueño de tal pureza, pero adoro a mi chiquilla y su bonhomía cuando compartimos.

Yo no confío en los dueños de corbatas y sonrisas fingidas… por favor, no confíes en mí cuando argumente decisiones, divulgaciones y silencios de cofres abiertos. Yo no estoy pensando en ti, solo veo a través de un cristal que no es más que plástico prensado y una esperanza que es tan real como las alas de una gárgola y las supuestas verdades de quienes buscan tu, mi, nuestros votos.

Vaya. Acabo de llegar a mi escritorio y recordé que la perra de Miguel está suelta…

alejandro.evaristo@milenio.com

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