M+.- La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), especialista en organizar extraordinarios torneos cada cuatro años y, obviamente, ganar dinero con ello a través de un negocio multimillonario, se ha empoderado a tal grado que se ha transformado en una especie de autoridad sin límites de la que equipos, empresas, gobiernos, periodistas, comunicadores y hasta el público en general deben cuidarse.
Para este Mundial, sólo las reglas del gobierno de Estados Unidos han estado por encima de las que delinea la FIFA.
El nivel de control que ejerce se asemeja al personaje de Eugenio Derbez conocido como Superportero:
¡Córtale, mi chavo!, no preguntes en español, aunque el jugador lo entienda y lo hable muy bien.
¡Córtale, mi chavo!, no digas tantas veces “Mundial”, ni “FIFA” ni “Copa Mundial”, dile “torneo internacional de futbol” y evita alguna demanda.
¡Córtale, mi chavo!, no digas tantas veces “FIFA fan fest” ni “FIFA fan festival”, mejor “festival de aficionados”, para que sólo las marcas que los patrocinan las usen.
¡Córtale, mi chavo!, no se le ocurra a usted periodista, televisora o medio de comunicación sin derechos, usar un video o foto mostrando que alguien (ejemplo, un político corrupto) fue al estadio para mostrar que fue. Mejor ponga la publicación tal cual para que no crean que está usando un video prohibido.
¡Córtale, mi chavo!, la joven que utilizó el boleto de la presidenta de México puede salir en su noticiario para decir que sí recibió un trato VIP, pero cuidado con las imágenes que muestra de ella adentro del estadio, no vaya a ser que los derechos no le pertenezcan.
Parece broma, pero no lo es. La ley de la FIFA se sigue imponiendo hasta en el lenguaje. En lo que vemos y en lo que no vemos. En lo que escuchamos y en lo que no escuchamos.
No está mal hacer negocio con un evento que cuesta millones de dólares en organizar y no es un asunto exclusivo del Mundial de futbol, pasa lo mismo con los Juegos Olímpicos, pero hay que abogar para que aplique el sentido común, la ley internacional y las leyes locales, y no sólo el capricho, la ambición o el poder.