Dos personas pueden haber nacido el mismo día y llegar a los 55 años en condiciones muy diferentes. Una conserva fuerza, energía y autonomía; la otra comienza a presentar enfermedades o dificultades que atribuimos a la edad. Han vivido el mismo número de años, pero sus cuerpos no necesariamente han envejecido al mismo ritmo.
Todos tenemos una edad cronológica: la que aparece en nuestra acta de nacimiento. Pero también hablamos de una edad biológica, que intenta describir cómo se encuentran nuestras células y sistemas en comparación con lo esperado para nuestra edad. La primera no puede modificarse. La segunda puede verse influida, positiva o negativamente, por la genética, el ambiente, las enfermedades y la forma en que hemos vivido.
Una de las herramientas para estudiar la diferencia entre ambas son los relojes epigenéticos. A partir de ciertas marcas sobre el ADN, ayudan a estimar la velocidad a la que envejece el organismo. No son una bola de cristal ni predicen cuánto vivirá una persona, pero pueden aportar información valiosa dentro de una evaluación integral.
En un estudio publicado en 2025, investigadores siguieron durante más de 17 años a dos mil 105 adultos mayores de 50 años. Encontraron que algunas mediciones de envejecimiento epigenético acelerado se asociaban con un mayor riesgo de mortalidad. Esto refuerza una idea: dos personas con la misma edad cronológica pueden estar envejeciendo a ritmos distintos.
La buena noticia es que una parte de la velocidad del envejecimiento parece ser modificable. La actividad física, especialmente el entrenamiento de fuerza; una alimentación con suficiente proteína, fibra y vegetales; dormir bien; evitar el tabaco; moderar el alcohol y mantener bajo control la presión, la glucosa y el colesterol ayudan a conservar el funcionamiento del organismo. También importan la salud mental, los vínculos sociales y tener un propósito.
No necesitamos esperar a que una prueba nos diga que estamos envejeciendo más rápido para cuidarnos. El cuerpo ya ofrece señales que no deberíamos normalizar como “cosas de la edad”: perder fuerza o equilibrio, despertar cansados o ver cómo se alteran nuestros indicadores metabólicos.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México 2024, publicada por el INEGI, 38.5 por ciento de las personas mayores de 50 años reportó alguna caída en los dos años anteriores. Una caída puede ocasionar fracturas, hospitalización, fragilidad y miedo a volver a moverse. Así puede comenzar un círculo de inactividad, menor fuerza y mayor dependencia física. Además, una de cada cuatro personas tenía diabetes y menos de una tercera parte de las mujeres realizaba ejercicio al menos tres veces por semana.
Prepararnos para envejecer no es una preocupación del futuro: es una tarea que comienza mucho antes.
Más que obsesionarnos con vernos jóvenes o pretender detener el tiempo, el objetivo de cuidar nuestra salud y construir un estilo de vida basado en buenas decisiones es aumentar los años que vivimos con salud y autonomía: poder levantarnos del piso, cargar nuestras compras, aprender algo nuevo, recuperarnos de una enfermedad y seguir tomando decisiones sobre nuestra vida.
No podemos cambiar la fecha en que nacimos ni detener el paso del tiempo. Cumplir años es inevitable; perder anticipadamente nuestra salud y autonomía no siempre lo es. Las decisiones que tomemos hoy pueden ayudarnos a vivir más y mejor.