¿Qué relación existe entre una prueba de matemáticas y lectura que responden los adolescentes y el riesgo de desarrollar demencia décadas después? PISA abre una conversación que va más allá de las calificaciones escolares.
PISA es una evaluación coordinada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que en 2025 se aplicó a estudiantes de 15 años de 91 países y economías. No mide cuánto memorizaron, sino si pueden comprender un texto, aplicar las matemáticas a situaciones cotidianas, interpretar información científica y resolver problemas.
En PISA 2025, sólo 30 por ciento de los estudiantes evaluados alcanzó el nivel básico en matemáticas. En lectura y ciencias lo consiguió la mitad. México permaneció por debajo del promedio de la OCDE y, en matemáticas, obtuvo un resultado menor que en 2022.
Hay un matiz importante: aumentó la proporción de jóvenes elegibles para presentar la prueba. PISA sólo incluye a quienes están inscritos y han cursado al menos seis años de educación formal. Muchos adolescentes de comunidades marginadas quedaban fuera porque habían abandonado la escuela o no avanzaban al grado esperado. Que hoy estén dentro es una buena noticia y puede explicar parte del descenso del promedio. Pero revela el reto: no basta con estar en la escuela; necesitamos que realmente aprendan.
En 2024, la Comisión de The Lancet sobre demencia identificó 14 factores potencialmente modificables relacionados con alrededor de 45 por ciento de los casos. Incluyen factores cardiometabólicos, depresión, tabaquismo, inactividad física, pérdida auditiva o visual y aislamiento social, entre otros.
Sin embargo, el primero que aparece en el curso de vida es una educación insuficiente o de baja calidad. Es particularmente relevante porque actúa desde el comienzo y puede influir después en las oportunidades laborales, la ocupación, los ingresos, el acceso a servicios y las conductas de salud.
La educación ayuda a construir la reserva cognitiva: la capacidad del cerebro para mantener su funcionamiento a pesar del envejecimiento o el daño. Es como una red de caminos. Si una ruta se deteriora, un cerebro con mayor reserva puede utilizar otras conexiones para conservar durante más tiempo la memoria, el lenguaje, el razonamiento y la toma de decisiones.
Esto no significa que estudiar evite padecer demencia ni que un resultado bajo en PISA determine quién la desarrollará. Tampoco que un título universitario garantice protección. La evidencia sugiere que importa no sólo cuántos años pasamos en la escuela, sino cuánto aprendemos. The Lancet señala que la calidad educativa, valorada mediante la lectura a los 14 o 15 años, puede ser relevante para la salud cognitiva futura.
Justamente a esa edad se aplica PISA. Sus resultados pueden leerse no sólo como una alerta educativa, sino como una señal de salud poblacional. Las decisiones de un gobierno sobre acceso, permanencia y calidad educativa pueden influir en la salud de su población décadas después.
Mañana celebramos la Independencia de México. Pero existe otra independencia que construimos poco a poco: llegar a la vejez conservando nuestra autonomía, nuestro criterio y nuestra capacidad para tomar decisiones.
Esa independencia se construye desde la infancia con educación de calidad y continúa con hábitos que protegen al cerebro. Porque vivir más es importante, pero vivir mejor implica conservar nuestra independencia cognitiva: poder pensar, recordar, elegir y tomar nuestras propias decisiones el mayor tiempo posible.