Espectáculos

¿Qué tanto lo quieres?

Vivimos en una época en la que hablar sobre salud y longevidad puede sonar, para muchos, como un privilegio. Y en parte lo es. No todos parten del mismo lugar. El lugar donde vives importa. Las políticas públicas también importan. Importa si en tu colonia hay banquetas para caminar, si tienes acceso a comida fresca, tiempo para descansar, atención médica cercana o espacios seguros para moverte. La salud no depende únicamente de “echarle ganas”, y negarlo sería simplificar demasiado una realidad que para millones de personas es profundamente desigual.

Pero aun dentro de esa verdad, hay una pregunta incómoda y poderosa que vale la pena hacernos: ¿qué tanto lo quieres? ¿qué tanto quieres esa salud que imaginas? No como juicio. No como regaño. No como una forma de culparte por lo que no has podido cambiar, sino como una invitación honesta a mirar, dentro de todo lo que hoy sí está en tus manos, cuánto estás dispuesto a hacer para acercarte a la vida que dices querer vivir.

Pienso en esta situación cada vez que veo historias de personas que, aun con limitaciones enormes, deciden no rendirse. Lo vemos en atletas de alto rendimiento, sí, pero también en atletas paralímpicos que entrenan con una disciplina que muchos no lograrían sostener ni con todas las ventajas del mundo. Para estos atletas, la vida no ha sido más sencilla, al contrario, pero han aprendido a preguntarse, una y otra vez: “con lo que sí tengo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué tanto lo quiero?” Y según esa respuesta, actúan.

Hace poco, en consulta, vi a un paciente de apenas 30 años. Recién cumplidos. Papá de dos bebés. Ya con hígado graso, colesterol muy elevado, resistencia a la insulina y varias señales de que su cuerpo lleva tiempo pidiendo ayuda. Cuando hablamos de los riesgos a corto y mediano plazo, se asustó. Me dijo que le daba miedo pensar en lo que podía venir. Miedo de enfermarse. Miedo de no estar bien para sus hijos. Miedo de no poder disfrutar la vida con ellos.

Pero cuando empezamos a hablar de cambios reales, aparecieron los “peros”: que no le gustan las verduras, que se le dificulta comer fruta, que no quiere dejar el refresco. Y ahí fue donde la conversación cambió. Porque entonces la pregunta dejó de ser qué le asusta, y pasó a ser qué tanto quiere estar bien.

No se lo dije para hacerlo sentir culpable. Se lo dije porque a veces la adultez también implica entender que no todo cambio se siente rico, cómodo o natural al principio. Que muchas veces vivir más y mejor exige incomodidades presentes para evitar sufrimientos futuros. Que si hoy no haces espacio para hábitos más saludables, mañana probablemente tendrás que hacer espacio para medicamentos, gastos médicos, cansancio, limitaciones y menos momentos compartidos con la gente que amas.

La longevidad no se construye desde la perfección, se logra desde la intención repetida. Desde elegir mejor, una y otra vez, dentro de tus posibilidades reales. Tal vez no controlas la ciudad en la que naciste, el sistema en el que vives ni todas las oportunidades que te faltaron. Pero sí puedes preguntarte, con brutal honestidad: de todo lo que sí puedo cambiar, ¿qué estoy dispuesto a cambiar?

Porque al final, querer vivir bien no puede quedarse en discurso. Tiene que notarse en decisiones. Y quizá esa sea una de las preguntas más útiles para cualquier meta importante en la vida, incluida tu salud: ¿qué tanto lo quiero? La respuesta no se dice. La respuesta se demuestra, todos los días. 

ALFREDO SAN JUAN
ALFREDO SAN JUAN

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Ale Ponce
  • Ale Ponce
  • Experta en ciencia e investigación de la nutrición con destacadas habilidades en el campo de la nutrigenómica y los alimentos funcionales. Vasta experiencia en el área de nutrición clínica y administración educativa. Publica su columna Vive más y mejor todos los lunes.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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