Hay algo que casi nadie dice en voz alta: muchos adultos hemos perdido la capacidad de asombro. No porque se nos haya acabado la vida, sino porque se nos llenó la agenda. Entre pendientes, prisa, mensajes y responsabilidades, lo conocido se vuelve nuestro lugar seguro. Terminamos eligiendo “lo de siempre”: la misma ruta, sabores, las mismas respuestas rápidas. No por flojera, sino por cansancio. Elegir sin pensar gasta menos energía que detenerse a sentir y a observar.
Y en el cambio de hábitos aparece esa sensación conocida: “sé lo que tengo que hacer, pero me cuesta mucho cambiar”. No es falta de información. A veces es falta de conexión con el cuerpo y con las señales pequeñas que te dicen “por aquí no es”.
Recuperar el asombro, en términos de salud, significa practicar la curiosidad hacia nuestro cuerpo, entorno y salud. Es una herramienta sencilla y poderosa que muchos adultos hemos ido perdiendo. La curiosidad es decidir mirar con interés en vez de pasar de largo: pausar, notar y hacerte una pregunta que te regrese a elección.
Te propongo una práctica breve, de tres pasos, que cabe en tu día:
1. Pausa: diez segundos antes de decidir (comer, picar, desvelarte, servirte otra copa, abrir redes).
2. Pregunta útil, sin regaño: “¿Qué estoy sintiendo?” “¿Hambre, cansancio, estrés, aburrimiento?” “¿Esto suma salud hoy?”
3. Microacción: un paso tan pequeño que sea difícil decir que no. Microacción es elegir la versión 1 por ciento mejor de tu siguiente decisión: no cambiar tu vida completa, sino moverla un grado a favor de tu energía, tu sueño y tu salud.
En nutrición, esta práctica te salva del extremo: ni prohibiciones ni abandono. En vez de “ya fallé”, preguntas “¿qué me daría energía estable por las próximas horas?” A veces la respuesta es simple: agregar proteína y fibra en la primera comida, sumar un color vegetal al plato o tomar agua antes de decidir si lo que sientes es hambre o cansancio. Curiosidad también es notar patrones: “cuando duermo mal, mi cuerpo pide azúcar”, “cuando tomo café, me siento ansioso”, y usar esa información para cuidarte mejor.
En ejercicio, la curiosidad convierte el movimiento en exploración, no en castigo. Muchas personas abandonan no por falta de capacidad, sino porque lo ven como deuda. Cambia la pregunta: “¿qué tipo de movimiento me deja mejor humor?” “¿qué me ayuda a dormir más profundo?” “¿qué puedo hacer hoy por 10 minutos que sí sea sostenible?” Caminar, fuerza breve, movilidad, lo importante no es un arranque heroico, sino la repetición de decisiones que sí te construyen.
Porque sí, la salud se construye con repetición, pero no con “lo de siempre”. Se construye repitiendo lo que te hace bien, con intención. Cuando practicas curiosidad, dejas de reaccionar y empiezas a responder: eliges una opción pequeña, alcanzable, y la repites hasta que se vuelve tu nueva base.
Para esta semana te dejo un reto: una pregunta al día. Antes de tu decisión más repetida (comida, pantalla o sueño), pausa y pregúntate “¿qué me suma salud hoy?” Luego elige una microacción.
Al final, tal vez el verdadero problema no es que te falte disciplina, sino que te falta asombro. Porque cuando algo te asombra, lo cuidas. Cuando algo te interesa, lo sostienes. La curiosidad es esa puerta de regreso: no te exige que seas otra persona, solo te invita a volver a mirar tu vida con atención, a escuchar tu cuerpo con respeto y a recuperar la capacidad de aprender de ti. Y eso, en un mundo que te empuja a correr, puede ser el acto más valiente de salud.