Quienes nacimos en la década de los 70 y 80, seguramente tuvimos en casa de nuestros padres o de abuelos, aquel cuadro de La Última Cena, de Leonardo da Vinci. Una mesa larga con trece hombres en ella, cruzando las miradas y en el centro, la serenidad de quien sabe lo que viene.
Ese Jueves Santo, según la tradición cristiana, no fue solo una cena. Fue el momento en que Jesucristo anunció la traición, lavó los pies a sus discípulos en un gesto radical de humildad y dejó un mensaje que no era religioso en el sentido ritual, sino profundamente humano y que muchos conocemos como el mandamiento del amor.
Ahí, en esa mesa, se mezcló la lealtad y la duda. Judas ya había tomado su decisión; Pedro aún no sabía que negaría a su amigo; y los demás no entendían del todo lo que estaba por venir. Y sin embargo, la escena no es de ruptura, sino de permanencia. De estar juntos, incluso cuando todo está por desmoronarse.
Hoy, siglos después, la escena se repite con otros rostros y en otras mesas.
Vivimos tiempos donde la injusticia se mantiene vigente, donde la violencia se normaliza, la indiferencia se vuelve rutina y la prisa nos roba la capacidad de mirar al otro. Hay quienes enfrentan la traición, quienes cargan con el dolor de la desigualdad, quienes ven cómo la dignidad se pisotea.
Y también estamos nosotros, muchas veces como los apóstoles del cuadro de da Vinci, siendo testigos, a ratos confundidos, a veces cómodos, otras veces paralizados.
El Jueves Santo es una invitación a preguntarnos de qué lado de la mesa estamos. Si somos capaces de reconocer la vulnerabilidad del otro. Si tenemos la disposición de ayudar, no desde el discurso, sino desde los actos.
Tal vez hoy, más que nunca, hace falta volver a esa mesa, no para repetir la escena, sino para entenderla. Para recordar que la empatía no es un lujo, que la solidaridad no es opcional y que la humanidad se mide en los momentos en los que decidimos no ser indiferentes.
Que estos días de la Semana Mayor, no pasen de largo. Que nos detengamos, nos cuestionemos y sobre todo, que nos transformemos.