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Domingo , 19.05.2019 / 17:53 Hoy

Sin ataduras

Damien Hirst en Venecia

Agustín Gutiérrez Canet

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Roma. Hace unos días visité en Venecia la exposición Tesoros de los restos del naufragio del “Increíble” realizada por Damien Hirst.

A partir de una falsa historia que trata de justificar el sentido de la muestra, el artista británico recreó un estilo de arte, inspirado en obras de antiguas civilizaciones, que pretende ser original pero no lo es.

En la introducción, el espectador es sometido a la posverdad artística bajo la siguiente premisa: “en algún lugar entre la verdad y las mentiras, yace la verdad”.

El observador va a descubrir un conjunto de esculturas, incrustadas por corales, pólipos, conchas y piedras, debido a que supuestamente estuvo sumergido por más de 2 mil años en el océano Índico, y encontrado en 2008 el pecio del barco Apistos (del griego, increíble, insólito, improbable, inimaginable, inverosímil).

El supuesto hallazgo formaba parte de la maravillosa colección de arte de un esclavo romano liberado, Amotan, que vivió entre el siglo I y II dC, y que por extrañas razones acumuló una inmensa fortuna invertida en preciosas obras de arte.

Para tratar de hacer verosímil la falsa historia de la exposición, se exhiben videos de buzos que extraen del fondo del mar las mismas piezas, que poco antes fueron sumergidas y que ahora podemos ver y tocar en un montaje visual.

Bajo el título de “increíble”, la muestra justifica cualquier aspecto de incoherencia cronológica y topográfica. Así, es falso que el Calendario Azteca, tallado entre 1250 y 1521 dC, en Mesoamérica, haya sido propiedad de un romano que vivió mil años antes.

No importa que no sea verídica la historia, lo que importa es la belleza improbable de las esculturas de Hirst, un artista que sabe vender caro su arte.

Toda la exposición está a la venta. Las esculturas de gran tamaño, como la Piedra del Sol, valen más de 5 millones de dólares, según The New York Times.

La muestra logra realmente cautivar por varios motivos: desde los recintos hasta los temas, la monumentalidad y el número, los materiales preciosos, el lujo y desde luego el arte.

La muestra se exhibe en dos imponentes edificios, la Punta della Dogana y el Palazzo Grassi, ambos propiedad del empresario francés Francois-Henri Pinault.

La antigua aduana vigila la entrada a la Serenísima, casi enfrente de la Plaza de San Marcos, mientras que el palacio, en el Canal Grande, contempla el trajín de góndolas y vaporettos, frente a la Academia.

La inverosímil estratagema de Hirst funciona: recrea el pasado artístico pero sin reproducirlo tal cual. Evita así acusaciones de plagio, de ser un mero copista, al incorporar variaciones e incrustar falsos corales en cuerpos acéfalos, torsos sin brazos, oquedades y fragmentos, dañados por el paso del tiempo. Y al mismo tiempo rinde homenaje a antiguas civilizaciones como la china, mexica, maya, egipcia, griega, romana, hitita, india, etc.

Cual moderno Amotan, Hirst se representa a sí mismo en un bronce, intitulado El coleccionista, tomado de la mano de Mickey Mouse.

¿El personaje de Walt Disney será la obra más recordada de nuestro tiempo, dos siglos después? Al menos eso parece sugerir el artista comerciante.

En el atrio del palacio se yergue una colosal estatua de 18 metros de altura: El demonio con cuenco. La monumental figura, de resina pintada, alcanza el techo del patio, en un edificio de tres pisos. Para ser colocada en ese lugar, el gigante fue montado en secciones. Según la guía, representa al rey de los demonios de Babilonia, llamado Pazuzu.

Cierto, la obra de Hirst, además de impresionante es lujosa. Solo trabaja con materiales preciosos, oro, plata, lapislázuli, mármol rojo, ágata blanca, granito negro, cristal de roca, mármol de Carrara, esmeralda, malaquita, jade, turquesa, incluyendo el ordinario bronce.

Con más de 100 estatuas, diminutas y gigantescas, elaboradas en un periodo de 10 años en Reino Unido, Alemania e Italia, la exposición de Hirst constituye una asombrosa experiencia estética.

Sin duda, se trata de una exhibición difícil de repetir, no tanto por el arte sino por el dinero invertido para realizarla con el fin de obtener enormes ganancias por un audaz comerciante que es también artista genial.

Posdata

Con el reciente fallecimiento de Ramón Xirau, quizá se extingue un notable grupo de catalanes refugiados en México después de la Guerra Civil Española, como el historiador Carlos Bosch García, el filósofo Eduardo Nicol, el químico Modesto Bargalló y el editor Costa-Amic, entre otros.

Sin embargo, los catalanes trascienden al dejar una herencia intelectual y una generación de discípulos, formados en la Universidad Nacional Autónoma de México y en el Instituto Politécnico Nacional.

México los recordará siempre con agradecimiento.

@AGutierrezCanet

gutierrez.canet@milenio.com

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