La narrativa binaria de Andrés Manuel López Obrador creó la ilusión de que solo puede haber dos Méxicos: el de la 4T o el del “periodo neoliberal”. Y lo peor del caso es que muchos mexicanos cayeron en la trampa y ahora creen que para oponerse a los obradoristas hay que reivindicar el neoliberalismo. Permítaseme discrepar de unos y otros y plantear una tercera opción.
La palabra “Bienestar” es el emblema de la política social de la 4T. AMLO la inscribió en la Secretaría, el Banco y sus programas del ramo. No deja de ser irónico que los cuatroteros usen un vocablo que remite a la socialdemocracia que tanto desprecian. El Estado de Bienestar, en efecto, fue la bandera socialdemócrata que consolidó democracias plurales y redes de protección tejidas con sistemas públicos de salud universal y de educación, pensiones y un breve pero significativo etcétera, todo sostenido en esquemas tributarios progresivos. Los países europeos albergaron, en la “Treintena Gloriosa” —1945 a 1975—, las sociedades más libres y justas de la historia de la humanidad. Y el embate neoliberal de los años 80 no pudo desmantelarlo por completo.
Como Europa, México podría forjar un Estado benefactor. En vez de dilapidar el presupuesto en obras ecocidas como el Tren Maya y paraestatales letárgicas como la del litio o innecesarias como Mexicana de Aviación, que no subsanan ninguna de las carencias de la población desprotegida, podría hacer una reforma fiscal y concretar la universalidad de la salud mediante la fusión del IMSS, el Issste et al de modo que todos los mexicanos, sin necesidad de trabajar en una empresa o en el gobierno, tuviéramos acceso gratuito a clínicas y hospitales públicos. También podría concentrar el gasto social en un ingreso básico universal. Y por supuesto, podría hacerlo sin autoritarismo ni clientelismo ni partido hegemónico.
Pero en muchos sentidos la 4T quiere restaurar el antiguo régimen. No le interesa, por ejemplo, modernizar a Pemex en el esquema de la petrolera de Noruega Equinor —antes Statoil—, ni aprender de los errores y aciertos de Électricité de France para optimizar a la CFE. Prefiere cancelar un aeropuerto so pretexto de inundaciones, esas que sí se dan en su refinería, y concentrar todo el poder en aras del culto a la personalidad que permite incurrir impunemente en corruptelas e ineficiencias.
En 2018, tras una transición democrática trunca —1977 a 2012—, urgía un viraje, pero no hacia donde nos llevó la 4T. Había al menos otra dirección a dónde apuntar: la que reanudaría la transición a una democracia con equilibrio de poderes y combatiría la corrupción vía políticas públicas —no engaños voluntaristas—, haría una reforma judicial para tener una buena defensoría de oficio y una judicatura de excelencia —no elecciones de acordeón para teñirla de guinda— y crearía bienestar sustentado en educación y capacitación —no en la anestesia de los subsidios—. Ya ni hablar del crimen organizado.
La disyuntiva en 2018 no era la que tramposamente planteó AMLO entre quedarnos como estábamos o apoyar su populismo de ocurrencias y su anhelo de pensamiento único. No debíamos seguir igual ni dar el salto que se dio para caer con un pie en el mismo lugar y el otro en el pasado. Debíamos —debemos— saltar a un futuro de democracia social.