La destreza comunicativa del presidente López Obrador es proverbial. No solo sabe hablarle al círculo verde, también es capaz de convertir derrotas en triunfos ante el mismísimo círculo rojo. Spin, le llaman. Es el arte de darle la vuelta a los acontecimientos desfavorables, de seleccionar, reinterpretar y enfatizar los hechos o los aspectos de un suceso que propicien en el público la percepción deseada. AMLO lo ha vuelto a hacer en un par de temas: la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) respecto de la Ley de la Industria Eléctrica (LIE) y la consulta revocatoria.
En el primer caso, apenas cuatro votos en la SCJN impidieron determinar que la LIE es inconstitucional. El relato mediático preponderante, sin embargo, no fue que siete ministros votaron contra un proyecto que para el presidente era enfáticamente prioritario, incluidos dos que fueron nombrados por él; la nota fue que AMLO se salió con la suya. ¡Y todavía se queja de que los medios le son adversos! En la mañanera festejó lo que llamó un triunfo histórico de la 4T, echó las campanas al vuelo e impuso su narrativa. Su ánimo festivo suscitó pesadumbre en la oposición. En vez de subrayar lo que no pudo alcanzar, o el margen de maniobra abierto para los amparos, o la cuestionable metodología de votación de la SCJN, la mayoría de sus críticos cayó en su juego discursivo. Esa fue la imagen que prevaleció: día feliz para él, día triste para sus adversarios.
Aunque en menor medida, en el segundo caso también predominó la lectura presidencial. Contra la evidencia de que aplicó la letra de la norma para violar su espíritu, pese al abrumador abstencionismo, AMLO vendió la idea de que es un demócrata, de que el ejercicio de revocación fue un parteaguas y de que tiene hoy más fuerza que ayer. El giro que dio a las cifras fue asaz ingenioso: a pesar del “boicot” del Instituto Nacional Electoral, arguyó, recibí 15 millones de sufragios con un tercio de las casillas; si se hubieran instalado todas habría obtenido el triple, es decir, 15 millones más de los que obtuve en 2018. Falacia magistral. La línea argumentativa opositora —ya no es un líder de 30 millones de votos, es un presidente devaluado puesto que su base social se redujo a la mitad— se vio socavada. El acarreo de electores, el uso clientelar de los programas sociales, las marrullerías de la era priista del partido de Estado, todo pasó a segundo término. “Éxito total”, sentenció AMLO, y la enjundia para demoler su mantra de “no somos iguales” mermó sustancialmente.
AMLO no estudió comunicación ni es versado en técnicas de relaciones públicas. El suyo es un instinto natural, producto de las mañas de un viejo lobo de mares populistas. El spin, después de todo, es una forma de demagogia. Es el uso de medias verdades y medias mentiras para tergiversar la realidad. Habrá que ver cómo maneja lo que se perfila como una derrota de su reforma eléctrica en la Cámara de Diputados, además de esa suerte de anatema nacionalista revolucionario que ha lanzado contra la oposición. En fin. No me sorprende que la labia de AMLO le sirva para afianzar su voto duro. No deja de asombrarme que logre desactivar, contra todos los pronósticos, la argumentación de sus críticos.
@abasave